La fuerza de la manada.

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Phil Jackson, el legendario entrenador de baloncesto, decía de Michael Jordan que durante sus 6 primeras temporadas en la NBA fue con diferencia el mejor jugador, pero, sin embargo, no logró ganar ningún título. En su libro Canastas sagradas Jackson contaba que “un gran jugador por sí solo puede triunfar hasta cierto punto pero si su uno-contra-uno no está sincronizado con todos los demás, el equipo nunca alcanzará la armonía necesaria para ganar un campeonato”.

Por mucho talento que tenga un deportista, si no cuenta con un equipo unido, coordinado y en armonía, difícilmente podrá mostrar todo su potencial.

Según cuenta Steven Pressfield en el libro “La batalla de Termopilas“, la fuerza de los espartanos no provenía de lo afiladas que estaban sus lanzas sino de la importancia que tenían sus escudos. De hecho, se les perdonaba si perdían la coraza o el casco, pero si perdían el escudo, junto a él también perdían sus derechos como ciudadanos de Esparta. Estos guerreros tenían un lema que decía: “vuelve con el escudo o encima de él”.
El motivo era que cada uno llevaba su coraza y su casco para su propia protección, mientras que el escudo servía para proteger a los demás. 

La fuerza del espartano residía en su batallón.

La fuerza del lobo es la manada.

La fuerza del jugador es su equipo.

A solas podemos ser excelentes. En equipo, podremos ser los mejores.

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Dime quién te inspira.

Recientemente, durante la cena, mi mujer me contó una anécdota que le había ocurrido en una de sus clases. El día anterior había pedido a sus estudiantes de 13 y 14 años que escogiesen a un personaje que les inspirase admiración para que hablasen de él en público durante 60 segundos.

Como ocurre cada vez que propone esta actividad, en esta ocasión tampoco faltaron personajes famosos como Leo Messi o Barack Obama. Sin embargo, a veces los alumnos hablan de personajes menos conocidos que por una u otra razón han dejado huella en ellos. En esta ocasión le sorprendió gratamente que una joven eligiese a la piragüista Maialen Chourraut como inspiración. Más aún tras argumentar que lo que más le había impresionado de Maialen era que había logrado ser campeona olímpica tras haber sido madre tres años antes, y de lo difícil que debía ser conciliar ambas facetas con éxito: ser madre y ser la mejor palista del mundo.

Mientras terminábamos la cena, ambos estuvimos de acuerdo con dos lecciones que podíamos extraer de aquella anécdota. Por un lado, la influencia positiva que puede tener una hazaña como la de Maialen en nuestros jóvenes. Y por otro, la madurez y la capacidad de reflexión que pueden llegar a tener los jóvenes de esa edad.

El escritor Francisco de Quevedo dijo una vez que lo que en la juventud se aprende, toda la vida dura.

Ayudemos pues a nuestros jóvenes a que conozcan las historias de personas que con sus actos de perseverancia, capacidad de superación y honestidad les influyan positivamente para toda la vida.

Generaciones incomprendidas

Jóvenes groseros — Ofender sin repercusión — Aún hay futuro — Ni éramos tan buenos, ni somos tan malos — Es verdad, lo dice un estudio de este año — El caprichoso talento.

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SOCRATES Y LAS NUEVAS GENERACIONES

“Los jóvenes hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, devoran su comida, y le faltan al respeto a sus maestros.”
Esta frase bien la podría haber escuchado ayer en el bar donde me tomo el café por las mañanas. Sin embargo, al parecer, dicha frase se atribuye a Sócrates. Es decir, que el filósofo podía haber soltado aquel comentario hace más de 2.500 años en el ágora de Atenas intentado provocar a algún paseante.
Desde hace un par de años, vengo escuchando a entrenadores, docentes y profesores de universidad, que esta nueva generación, aquella cuya edad ronda entre los 15 y los 25 años, muestra una menor capacidad de trabajo, que son más hedonistas, más egocéntricos y más blandos.
Algunos achacan dichos comportamientos al excesivo uso de las redes sociales, a su obsesión por gustar a los demás y por la necesidad de recibir una gratificación inmediata.
Admito que hay algo relacionado con el uso de las redes sociales que hacen que sea cauto en mi posicionamiento. Desconfío de sus detractores, pero también lo hago de sus fieles defensores. Como decía Montaigne, la causa de la verdad debería ser la causa común de uno y otro. Probablemente la verdad esté entre ambos posicionamientos. Siempre procuro partir desde el principio de precaución y cualquier cosa que no haya pasado por el filtro del tiempo, advoco por su moderación.
Existen algunas hipótesis que hacen pensar que los “me gusta” y las constantes notificaciones estén afectando negativamente a nuestros comportamientos sociales. Al parecer, cada vez que recibimos una notificación, podríamos liberar una hormona conocida como dopamina. Esta hormona es segregada desde unas neuronas situadas en el cerebro y participa en experiencias de recompensa como la alimentación o el sexo. Desde las perspectivas darwinianas, algunos autores indican que la dopamina es un recurso de nuestra evolución para mantenernos motivados en la búsqueda de la procreación y supervivencia de nuestra especie. Es decir, que esta sustancia ha estado recorriendo nuestros cuerpos desde hace millones de años. El problema es que un exceso de dopamina puede resultar en la adicción. Esto es lo que ocurre con las drogas, y esto es lo que, según algunas hipótesis, ocurre también con un uso excesivo e inadecuado de las redes sociales. Y es ahí donde comienzo a preocuparme.
Hay deportistas que me han comentado que lo primero que hacen al despertarse es coger el teléfono y mirar su cuenta de Instagram, y hay adultos que lo último que hacen antes de dormirse es mirar su Facebook.
Es una situación única que, a lo largo de nuestra evolución como especie, nunca habíamos experimentado. Nunca habíamos convivido con una identidad virtual, y ha pasado tan poco tiempo desde su creación, que desconocemos los riesgos psicológicos que puedan acarrear.
Nuestra mente tiene la capacidad de identificar y agrupar patrones, y cualquier cosa que se salga de la norma, llama nuestra atención. Eso hace que, aun recibiendo 100 comentarios positivos, nuestra mente sólo se centre en esos dos comentarios negativos que hemos recibido, rumiando una y otra vez acerca de por qué habrán dicho eso de nosotros.
Asimismo, uno de los mayores problemas que encuentro relacionado con esto último, es que, a menudo, debido al anonimato o distancia existente entre nosotros y nuestros detractores, no existen repercusiones para aquellos que dejan comentarios negativos o marcan el botón de “no me gusta”.

 

NO HAY RIESGOS PARA LOS CRETINOS

Recientemente, mi mujer y yo estábamos viendo un vídeo en Youtube en el que una niña de unos 8 años ponía voz a un cuento para niños. Mi mujer lo iba a utilizar para un proyecto con sus alumnos y me preguntó qué me parecía. En cambio, mis ojos se centraron en el número de “no me gustas” que tenía el vídeo. Ignorando mi cometido, le solté: ¿Cómo puede haber 42 bastardos que le den a “no me gusta” a un vídeo tan inocente?

Pongamos en situación. Es 1927. En un parque de Donostia, conocido hoy como Alderdi Eder, se encuentra una niña, sentadita en un banco y leyendo en voz alta un cuento que le ha regalado su tío que vive en Madrid. Se le acerca otra niña de unos 15 años y le espeta: “No sabes leer. Que mal lees”.
La niña coge su libro y se marcha corriendo a su casa entre sollozos. La madre le pregunta a la niña quién ha sido la que le ha dicho eso, y ella le dice que cree que ha sido la hija del panadero. Acto seguido, la madre coge a su hija y se dirige a la panadería, propiedad de la familia de la adolescente, para hablar con su padre.
Esa misma tarde, tocan a la puerta de la casa de la pequeña. Delante, se presentan el panadero y su hija. “¿Qué, no tienes nada que decir?”. Le dice él.
“Los siento” dice ella.
“¿Eso es todo?” le dice él.
“No lo volveré a hacer”. Comenta mientras baja la mirada y levanta los hombros.
La niña, avergonzada también, le dice: “te perdono”.

La historieta es algo cursi, pero me sirve como ejemplo.

 

NO NOS ASUSTEMOS TODAVÍA

Ahora, la otra cara de la moneda.

Cierto es que, a lo largo de nuestra evolución como especie, nunca habíamos convivido con una identidad virtual como ocurre hoy en día, pero el deseo del ser humano de mostrar sus virtudes puede datarse desde los primeros homo-sapiens. Existen especulaciones acerca de los motivos de la proliferación del arte rupestre paleolítico que lo atribuyen a la necesidad de algunos virtuosos del dibujo cavernícola a mostrar su arte y dejar un legado para la posteridad.
Según cuentan, las bibliotecas de Alejandría, Atenas o Roma, estaban repletas de libros cuyos autores querían mostrar al mundo sus vastos conocimientos, reflexiones y experiencias.
Parece ser que hay algo en nosotros que quiere compartir algo con los demás.
Volviendo al tema de nuestras percepciones acerca de las nuevas generaciones, opino que dicha incomprensión por la siguiente generación se remonta a los inicios de nuestra especie. No me he preocupado en buscar información para fundamentar la siguiente afirmación, pero me imagino que los entrenadores y educadores de los años 60 alucinarían en colores (sin necesidad de los famosos ácidos tan de moda en aquella época) con toda esa banda de melenudos que llenaban sus clases y centros deportivos. Pocas generaciones han sido tan notorias por su carácter hedónico, y, sin embargo, durante esa época florecieron deportistas que revolucionaron el mundo del deporte.
Cada década ha venido marcada por unos jóvenes que pensaban de forma diferente a sus predecesores y que han ido trasformando la realidad de una nueva época.

 

REGRESIÓN A LA MEDIA

En el ámbito que mejor conozco, el deportivo, a menudo se recurre a comentar que, en esta o en tal modalidad, no hay un relevo para nuestros buques insignia. Los motivos pueden ser muchísimos y quizás, los anteriormente comentados, estén entre ellos. No obstante, en estadística hay un término conocido como regresión a la media, o reversión a la mediocridad (1), que explica cómo, tras un periodo de resultados superiores o inferiores a la normalidad, vuelven a su situación más ordinaria.
En Estados Unidos, hay una revista llamada Sports Illustrated en cuya portada a menudo aparecen deportistas que han sobresalido durante ese año. El caso es que, estos deportistas, al año siguiente tenían una temporada considerablemente menos brillante, y, entre los mismos deportistas y los periodistas deportivos, se fue creando una especie de mito que calificaron como “la maldición del Sports Illustrated”. Los más supersticiosos siguen creyendo en ella; en cambio, lo más probable es que se deba a un caso de regresión a la media. Tras un periodo de éxitos por encima de lo normal, estos súper-campeones vuelven a ocupar el lugar en el que han permanecido durante tanto tiempo.

 

SESGO CONFIRMATORIO

Como ocurre a menudo, siempre encontraremos un ejemplo que justifique nuestra opinión. A este sesgo cognitivo, se le conoce en psicología como sesgo confirmatorio. Partimos desde nuestra opinión y buscamos ejemplos que lo confirmen. Y si no los encontramos, elaboramos teorías que apoyen nuestro posicionamiento.
De hecho, es probable que, mi actitud naturalmente optimista, nuble mi juicio en relación a todo lo anteriormente comentado.
Los motivos para afirmar que los jóvenes de hoy en día muestran una menor capacidad de trabajo y que son más hedonistas, más egocéntricos y más blandos, seguirán siendo inciertos y, seguramente infundados. No obstante, son muchas las evidencias que indican que la perseverancia, la fortaleza mental, la gestión emocional y la motivación son algunas de las claves del éxito, dentro y fuera del deporte. Y es ahí donde deberíamos centrar nuestros esfuerzos. No tanto en buscar los motivos sino en promover que nuestros jóvenes desarrollen esas capacidades psicológicas. En cuanto a la aparición de las generaciones con grandes talentos, uno ha de ser paciente y trabajar de la misma forma, a la espera de que, con suerte, emerja alguno. Cualquier otra atribución que no sea aquella resultante del azar, estará cayendo en el ya mencionado sesgo confirmatorio. Existen numerosas empresas y universidades que afirman ser capaces de desarrollar el talento. Pero aquí debemos separar entre aquello que podríamos calificar como desarrollo potencial de algunas destrezas o virtudes, del talento real y único. Recuerdo como una vez, un entrenador de fútbol infantil de un conocido equipo le decía a otro entrenador del mismo club pero de una categoría superior, “tenemos que intentar desarrollar el talento de estos chavales para que cuando lleguen a cadetes, tengamos un equipo ganador”, a lo que el otro respondió, “sí, sí, pero a mi dame los buenos”.

Un entorno que reúna las condiciones óptimas para el desarrollo del potencial de cada persona puede ayudar a que los verdaderos talentos, virtuosos y genios alcancen la excelencia. Sin embargo, este tipo de personas también pueden florecer en las condiciones más pésimas y adversas. Para dificultar aún más su identificación, en numerosas ocasiones el talento de un virtuoso se desarrolla de forma no-lineal o tardía. Pero incluso en aquellos países, escuelas, clubes o academias en las que existe una cultura de la excelencia, la aparición de este tipo de personas surge, ya sea de forma individual o colectiva, de manera espontánea, aleatoria, y sin seguir ningún tipo de ciclo ni patrón. En Baltimore, en Helsinki, en Londres, o incluso en Bilbao.

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José Arrúe — escenas de fútbol vasco. 1914.


 

(1) Es probable que algunos lectores confundan el término “mediocridad” en base a su uso común, el cual tiene connotaciones negativas. Según la RAE, entendemos por mediocridad (mediocre, del latín mediocris), 1. adj. De calidad media. 2. adj. De poco mérito, tirando a malo. En cambio, en estadística significa estar en la media. El concepto de regresión proviene del ámbito de la genética y fue popularizado por Sir Francis Galton, primo de Sir Charles Darwin, a finales del siglo 19 con la publicación de su obra Regression towards mediocrity in hereditary stature. Galton observó que las características extremas (como la altura) de los padres, no se transmiten de forma idéntica a su descendencia. Más bien, las características de la descendencia retroceden hacia un punto mediocre. Un punto que desde entonces ha sido identificada como la media. Asimismo, fue capaz de cuantificar la regresión a la media midiendo la altura de cientos de personas, y estimar así, el tamaño del efecto.