Auto-control

El esclavo que logró su libertad — saltando hacia el Olimpo — la templanza sobre el agua — levantarse tras el golpe — la importancia de la gestión emocional en el deporte — ¿Qué son las emociones? — Emociones y rendimiento deportivo.

Hace tiempo leí una frase que se atribuye al filósofo griego Epícteto, quién decía que algunas cosas están bajo nuestro control y otras no. Sólo distinguiendo esto se puede llegar a la tranquilidad interior y a la eficacia exterior. Para quién no conozca la historia de este hombre, imaginaos brevemente su vida: Epícteto nació bajo la condición de esclavo hace casi 2.000 años. Su amo, Epaphroditus, le dio permiso para estudiar y tuvo la suerte de dar con el filósofo estoico Musonio Rufo, que se convirtió en su profesor y mentor. Posteriormente, tras la muerte del emperador Nero, Epícteto logró la libertad y enseñó filosofía en Roma durante cerca de 25 años, hasta que el emperador Domiciano expulsara a todos los filósofos de Roma. Entonces, volvió a Grecia y fundó su propia escuela filosófica en la cual impartió enseñanzas hasta el final de sus días. Sus enseñanzas han influido a numerosos personajes históricos de todos los ámbitos, como el emperador Marco Aurelio, el escritor James Joyce, o el psicólogo Albert Ellis, entre otros.

Los postulados sobre el control emocional de la filosofía estoica de Epícteto, Séneca o Marco Aurelio tienen una gran relación con el rendimiento deportivo, como veremos a continuación.

3 historias

Un salto épico

Siempre he sentido admiración por aquellos deportistas capaces de mantener la calma incluso en los momentos más importantes de sus carreras deportivas. Una de las hazañas deportivas que más me marcaron en mi juventud fue protagonizada por el saltador de longitud cubano Iván Pedroso en los Juegos Olímpicos de Sydney 2000. Iván partía como serio favorito a lograr una medalla y para el cuarto salto, parecía tener el oro adjudicado con un salto de 8,41m. El oro olímpico era lo único que le faltaba en sus vitrínas. Anteriormente, ya había logrado tres títulos mundiales al aire libre y cuatro en pista cubierta. Sin embargo, en el siguiente salto, un melenudo, súper-motivado y musculoso llamado Jai Taurima, lograba recorrer una distancia de 9,49m marcando la mejor marca personal de su vida, además conseguir el récord de Australia y Oceanía al mismo tiempo. Imaginaos el momento. Cerca de 100.000 personas en el estadio olímpico. Un australiano logra su mejor rendimiento en el momento clave y delante de miles de compatriotas. La gente se volvía loca en el graderío y la victoria parecía ser suya.

Es el momento de Iván. Nadie salvo él sabe qué estaría pensando en esos momentos, pero la mayoría de los mortales hubiésemos salido escopetados de aquel estadio. Su conducta era muy diferente a la de Jai. Serio. Calmado. Al menos de cara al exterior. Le falta un único salto. Para darle un toque aún más épico al asunto, la madre de Iván falleció dos meses antes e Iván quería dedicarle ese título olímpico. En su sexto y último salto, logra saltar 8,55m.

El joven de Cangas que hizo historia (y siguió haciéndolo)

El Campeonato del Mundo de piragüismo del año 2003 se celebró en la localidad de Gainnesville en los Estados Unidos. En aquella competición, un joven llamado David Cal impresionó al mundo del piragüismo internacional por haber plantado cara durante toda la carrera al histórico canoista alemán Andreas Dittmer en la final de la modalidad de C1 1000 metros. Cal fue por delante de Dittmer durante los primeros 800 metros de la prueba, y al final, tras una dura lucha, el palista alemán se impuso al español. Un año más tarde, en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, ambos volvieron a encontrarse cara a cara en una situación muy similar. David salió a por todas y Andreas le seguía de cerca. El ritmo de paleo y la entereza del gesto técnico de Cal auguraban una medalla, pero pocos se imaginaban que la medalla que iba a colgarse sería la de oro. Dittmer comienza a subir. A muchos nos vino una especie de flashback de la final de Gainnesville, pero, sin embargo, David sigue paleando con elegancia y compostura. A cada palada Andreas parece recortarle un poco más, pero la distancia y la velocidad de David nos hace soñar con esa medalla de oro. Cruza la línea de meta y el sueño se hace realidad.

El golpe que no logró doblegar a Greg

Greg sólo tenía ocho meses de edad cuando sus adolescentes padres lo dieron en adopción. Siendo todavía un niño, le diagnosticaron asma y numerosas alergias y le recomendaron realizar actividad física para mejorar su estado de salud. Esto no resultó ser ningún incordio puesto que le encantaba la gimnasia y la danza, y a los nueve años comenzó a recibir clases de salto de trampolín. Pero la infancia de Greg no fue fácil. Sufrió en sus carnes múltiples actos de violencia doméstica y dudaba acerca de su orientación sexual. Al no saber como hacer frente a estas situaciones de adversidad padeció de depresión juvenil y durante una épica fue adicto al alcohol y al tabaco. El salto de trampolín fue su vía de escape para tanto infortunio y a esta actividad le dedicó todo su tiempo. A los 16 años obtuvo una medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Montreal en 1976.

Hablamos de Greg Louganis, uno de los mejores saltadores de la historia de la natación. Para los JJOO de Moscow 1980, Louganis partía como favorito para obtener dos preseas de oro pero el boicot de los EEUU a esos Juegos Olímpicos le impidió optar por lograr su sueño de ser campeón olímpico. Por suerte, la oportunidad la tuvo cuatro años más tarde durante los JJOO de Los Ángeles 1984 donde se alzó con sus dos deseados oros olímpicos.

La vida deportiva de Greg Louganis parecía ser todo un éxito, pero su vida personal seguía golpeándole con dureza. Y no sólo de manera figurada sino literalmente. Su pareja de entonces, le sometió a numerosos malos tratos. Además, tuvo que lidiar con el cáncer terminal que padecía su padre y la muerte de su novio por el virus del SIDA. A todo esto, se le sumaron unos resultados positivos de VIH seis meses antes de los JJOO de Seúl 1988. A pesar de todo, Greg seguía dispuesto a luchar por dos oros más en esos Juegos Olímpicos, y todo apuntaba a que podría volver a hacerlo. Pero una vez más, aún le quedaba otra piedra más que superar en su camino a la cima.

Durante las pruebas preliminares, se golpea la cabeza con el trampolín y queda inconsciente durante un instante. Momentos más tarde, consigue salir de la piscina por su propio pie y recibe unos puntos de sutura para cerrar la herida. Había luchado tanto durante su vida y había hecho frente a tantas adversidades, que aquel golpe, no suponía más que un pequeño contratiempo. Poco más tarde se alza con el oro olímpico en la prueba de trampolín, y lo mismo ocurriría con la plataforma de 10 metros.

Gestión emocional: la calma antes de la… calma

Además de estos momentos tan emocionantes, recuerdo otros muchos igualmente importantes, como el oro olímpico de Saúl Craviotto y Carlos Pérez en Pekín 2008, o los oros olímpicos de Maialen Chourraut, Marcus Cooper, Saúl Craviotto y Cristian Toro en Rio de Janeiro 2016. En todos estos momentos, una de las palabras que más suena entre deportistas, entrenadores, padres, madres, novias, maridos, espectadores, etcétera, es emoción.

¿Pero qué es realmente una emoción?, ¿a qué nos referimos cuando decimos que nuestro novio no es capaz de identificar nuestras emociones, o cuando comentamos en la cafetería que nuestro jefe no es capaz de controlar sus emociones, o incluso cuando admitimos que nos emociona ver a nuestro equipo favorito ganar un partido amistoso contra un equipo de la tercera división surcoreana?

En base a las evidencias científicas que disponemos, podríamos afirmar que la mayoría de los deportes son actividades, además de cognitivas, emocionales. Todas las actividades deportivas se encuentran impregnadas de emociones. El deporte es un contexto en el cual, los deportistas a menudo han de motivarse a sí mismas para alcanzar sus objetivos y tolerar las altas cargas de trabajo en sus entrenamientos. A su vez, los deportistas han de enfrentarse continuamente a la presión competitiva, y esto hace que tengan que comprender y regular sus propias emociones y las emociones de los demás (compañeros de equipo, entrenadores, árbitros, adversarios o espectadores, etc.).

Las emociones influyen de una manera decisiva en el rendimiento deportivo y es imprescindible que los deportistas y su entorno sean capaces de mantener la calma.

Fred Slaughter, uno de los muchos jugadores que entrenó el fascinante entrenador de baloncesto John Wooden, conocido también como Coach Wooden o el mago de Westwood, recuerda que en aquellas ocasiones en las que el equipo iba perdiendo de forma alarmante relataba:

Miraba de reojo a Wooden y ahí estaba él, sentado en el banquillo con su programa enrollado en una mano y totalmente tranquilo, como si pareciera que fuéramos ganando. Y entonces pensaba: “Si este hombre no está preocupado, ¿por qué debería estarlo yo? Vamos a hacer lo que este tío nos ha dicho que hagamos, y punto.

Manteniendo su control emocional, John Wooden era capaz de trasmitir esa misma sensación a sus propios jugadores.

Recuerdo que justamente hace un año, me encontraba sentado en un coche, atravesando las bulliciosas calles de Rio de Janeiro, junto al recién proclamado campeón olímpico Cristian Toro, que acaba de ganar la medalla de oro en la modalidad de K2 200m junto al gran Saúl Craviotto. Uno de los comentarios que más me impresionaron fue cuando Cristian me relataba como se había sentido durante el minuto previo a la salida de la final olímpica. Todo estaba en calma. Sus músculos se encontraban relajados. Sabía lo que debía hacer. Su mente no pensaba en nada. Simplemente tenía que reproducir aquello que ya había hecho en numerosas ocasiones en los duros entrenamientos. Era el momento y sólo existía ese momento. Lo que algunos psicólogos denominarían el estado de Flow. Un estado de rendimiento óptimo. El encuentro con Budha. Llamadlo como queráis. Quien lo ha experimentado, quiere que vuelva a repetirse.

Un día antes, otro palista, de tan sólo 21 años de edad subía al Olímpo de los dioses del piragüismo. Marcus Cooper Walz lograba imponerse en la final del K1 1000 metros de Rio 2016. Así relata su experiencia:

Hoy, hace un año… cumplí el sueño más grande de mi vida.
Tras el durísimo día de eliminatoria y semifinal de ayer, solo me quedaba recuperar lo mejor que podía para el día de hoy. Hoy debía hacer la mejor regata de mi vida, no había margen de error, no cabía un solo detalle imperfecto. Es la competición de mayor nivel a la que un deportista puede asistir. No son nervios lo que yo sentía, simplemente ambición por sacar todo, todo lo que había entrenado y no quería pensar en nada más. Pensar demasiado sería darme cuenta de que tendría millones de ojos encima y no solo de mi país, España, sino de todo el mundo, viendo cada detalle de la carrera, juzgando cada movimiento y resultado; pensar demasiado sería darme cuenta de que me juego el esfuerzo de toda mi vida y la bandera de un país entero.
Tras desayunar fuerte, calentar bien y mentalizarme, me coloco en el cepo de salida. No había nada más que un túnel en línea recta. Pensé: “venga, solo tengo que hacer el mejor kilómetro de mi vida, sin pensar en nada más”. Tenía claro mi estrategia. Era arriesgada, pero era lo que había entrenado: salir fuerte, llevar un ritmo medio constante y dejando fuerzas para jugármelo todo en los últimos 200m.
Así lo hice, tenía la mente en blanco durante casi toda la prueba, es mejor así. Me olvidé de mis rivales. No me di cuenta de que iba ganando hasta que crucé la meta. Llegué y no me lo creía, no estaba preparado mentalmente. No sabía ni como celebrarlo.
Todas las cámaras apuntando hacia mi.
Sentí que todo, todo ha valido la pena. Lo único que quería era salir y abrazar a los míos.
Gracias a todos los que me animasteis y felicitasteis. Está claro que no remaba sólo.”

Es en estos momentos en los que uno se expone a una de las competiciones más importantes de su vida, cuando más ha de controlar y gestionar sus emociones y demostrarse a sí mismo, y a los demás, que es capaz de sacar a relucir su mejor rendimiento sin la interferencia del miedo, la preocupación o los imprevistos. El verdadero campeón es capaz de gestionar estos momentos y disfrutar de su camino a la cima, por muy rocoso y angosto que sea.

Teorías, evidencias y la desesperación de algunos a la hora de definir el significado de una emoción

El escritor irlandés James Joyce decía que cualquier cosa que se diga, cualquier frase dicha, desde un simple comentario aparentemente inocente, hasta un pensamiento filosófico profundo, reúne dos condiciones: la manifestación de un pensamiento y la inevitable expresión de una emoción.

A pesar de que el término “emoción” se emplea frecuentemente en casi todos los ámbitos de la vida, el concepto de emoción y su definición han llevado a investigadores y a filósofos a grandes quebraderos de cabeza. De hecho, algunos han llegado incluso a la desesperada afirmación de que las emociones son aquello que la gente dice que son.

En el año 1884, el psicólogo y filósofo estadounidense William James trató de dar una definición de peso, pero ésta no hizo más que continuar con un debate que sigue abierto más de un siglo después. Tal y como señalan numerosos autores, este concepto es tan amplio que cada investigador se centra en aquellos aspectos de la emoción que son pertinentes a sus investigaciones. Los autores centrados en los aspectos cognitivos la definen en base a los pensamientos, las evaluaciones y las valoraciones; en cambio, aquellos autores más orientados a aspectos fisiológicos la definen en base a la relevancia de los cambios y reacciones fisiológicas que provocan las emociones; por último, los investigadores interesados en los aspectos conductuales, ponen su foco en las características expresivas y motoras de las conductas emocionales.

Uno de los pioneros en estudiar las emociones de forma empírica fue Charles Darwin (¡qué tío!), quién en su obra la expresión de las emociones en el hombre y los animales[1] describió las principales acciones expresivas de las personas, y explicó su origen y su desarrollo. Según Darwin, las emociones surgen debido a que, a lo largo de la evolución humana, han sido adaptativas y nos han ayudado a sobrevivir y a reproducirnos. Desde el punto de vista de la teoría de la evolución por selección natural, una de las teorías más fascinantes de la historia, las emociones motivan a responder rápidamente a estímulos de entorno, lo cual aumenta las probabilidades de supervivencia y de éxito.

El interés de Darwin por las emociones se centró, principalmente, en los procesos de expresión emocional como los gestos, las posturas o las expresiones faciales. Según explica en su obra, la expresión emocional cumple funciones de supervivencia, actúa como señal y como preparación para la acción como un medio de transmisión de información acerca de los hechos que puedan darse de inmediato.

Para muchos pensadores, la influencia que ejercen las emociones sobre el pensamiento tiene un gran peso en las conductas humanas. Estos afirman que los pensamientos influenciados por las emociones empujan a las personas a la acción, o hacen que acepten como válidas acciones de otras personas, conductas a las que se opondrían si no estuvieran bajo la influencia de sus emociones. La noción de que las emociones determinaban las creencias humanas ha sido una constante a lo largo de la humanidad. De hecho, esta percepción fue el punto de partida de los enfoques sobre el bienestar de las filosofías epicúreas y estoicas.

La mayoría de las discusiones filosóficas sobre las relaciones entre la cognición y las emociones concluyen que estas últimas distorsionan el pensamiento racional, hasta el punto de que filósofos como Kant o Young las llegasen a calificar como la enfermedad de la mente o como la alteración del comportamiento y del pensamiento organizado.

Durante las últimas décadas, el término “inteligencia emocional” se ha visto enormemente popularizado y parece haberse introducido con fuerza en ámbitos empresariales, educativos o deportivos, siendo empleado mayoritariamente como algo “que suena bien” pero sin tener mucha idea de lo que significa.

Echemos la vista atrás unos años. Las raíces de la inteligencia emocional las podemos encontrar en los postulados de inteligencia social de Thorndike (1920), los cuales hacían referencia a la capacidad de comprender y dirigir a la gente para que actuasen de forma inteligente en sus relaciones humanas.

Previamente, Binet y Simon (1908) expusieron la idea de que las personas podían hacer uso de sus emociones de una forma inteligente, y distinguían entre inteligencia ideativa (relacionada con el intelecto) e inteligencia instintiva (manifestada por medio de las emociones), pero nunca llegaron a vincular los procesos cognitivos con los procesos emocionales.

La primera mención formal que se hizo de la inteligencia emocional, aparece en el título de un artículo publicado en la revista alemana Praxis der Kinderpsychologie und Kinderpsychiatrie bajo el título Emotionale intelligenz und emanzipation (Inteligencia Emocional y Emancipación) por B. Leuner en 1966. El artículo se centra en una serie de mujeres, las cuáles debido a su, hipotéticamente, baja inteligencia emocional[2] rechazan sus roles sociales.

Otro autor que empleó el termino de inteligencia emocional fue Greenspan (1989), quién analizó el proceso mediante el cual el niño aprende a estructurar lo interno y lo externo. A su vez, este investigador se centró sobre todo en la importancia conjunta de lo intelectual y lo emocional dentro de ese proceso de aprendizaje.

Sin embargo, las raíces más proximales del concepto de inteligencia emocional pueden ser identificadas dentro de la teoría de las inteligencias múltiples de Howard Gardner (1983), y de forma más específica, en los conceptos intra-personales e interpersonales propuestos por dicho autor.

Según Mayer, Salovey y Caruso (2000), el acercamiento más interesante al concepto de IE aparece en el estudio sobre las emociones de Payne (1986), quién empleó por primera vez el término emotional intelligence (inteligencia emocional en inglés).

Payne desarrolló su propio concepto de inteligencia emocional y mostró evidencias sobre la gran represión que las emociones han sufrido a lo largo de la historia en el mundo civilizado, frenando, según él, nuestro propio crecimiento emocional. Este autor proponía que muchos de los problemas de la sociedad actual como la depresión, las adicciones, los conflictos religiosos o la violencia eran el resultado directo de una ignorancia emocional evidente. Señalaba a su vez que el proceso civilizador había sido demasiado duro con nuestro lado emocional negando en muchas ocasiones nuestra verdadera naturaleza. Por otra parte, Payne afirmaba que no ha existido una maldad consciente en este proceso, sino que ha sido una idea histórica equivocada de la emoción la que ha imperado durante mucho tiempo, y la cual ha impedido poder apreciar la importante función que las emociones tienen en nuestras vidas.

A pesar de todos estos acercamientos al término de inteligencia emocional, es unos años después cuando definitivamente los investigadores Salovey y Mayer (1990) definen el concepto y lo presentan tal y como lo conocemos a día de hoy. Posteriormente, el best-seller Inteligencia Emocional de Daniel Goleman (1995) y el subsiguiente artículo publicado en la revista TIME (Gibbs, 1995) catapultaron el término a un público no-académico.

Las emociones en el deporte. Una perspectiva empírica

Las emociones están presentes en todos los aspectos de la vida humana y, a menudo, se ven acentuados e intensificados en el deporte.

Algunos deportistas pueden mostrar signos de ansiedad precompetitiva, mientras que otros pueden sentirse eufóricos. Los hay que sonríen, y los hay que muestran síntomas evidentes de preocupación. Algunos se frustran, faltan el respeto al árbitro y rompen su material (¿Quién se acuerda de John McEnroe?), mientras que otros lloran de tristeza o de alegría. En todas estas conductas, las emociones juegan un papel determinante.

Los deportistas que se enfrentan a una competición con una gran ansiedad pueden hacer que su rendimiento se vea empeorado, así como un deportista con un nivel de euforia o activación excesiva puede tomar decisiones erróneas o poco certeras. El deportista que falta el respeto al árbitro o a un rival puede verse expulsado provocando así un resultado inesperado instantes antes por el propio deportista.

En investigaciones realizadas con marcadores biológicos, sus autores afirman que las emociones se relacionan con una línea de base más baja en la respuesta al cortisol antes de un evento estresante y también, con un menor aumento del ratio baja frecuencia/alta frecuencia (LF/HF) cardíaca durante un evento estresante. Existen evidencias que afirman que los niveles elevados de cortisol se relacionan con un pobre desempeño en tareas atléticas.

Según algunos autores, la inteligencia emocional es la habilidad mental que ayuda al individuo a evaluar los procesos cognitivos, y dentro del contexto deportivo, constituye un conjunto de meta-habilidades presentes en el deportista que le capacitan para extraer información de las situaciones de competición y entrenamiento, de cara a percibir, controlar y emplear dicha información para modificar así su comportamiento en su propio beneficio y maximizando su rendimiento personal.

Los investigadores Laborde, Dosseville y Allen llevaron a cabo en 2015 una revisión sistemática los estudios que relacionaban la inteligencia emocional con el deporte y la actividad física. Los autores identificaron 227 resultados, de los cuales, tras analizar los títulos y los resúmenes, se quedaron con 55 potenciales artículos. Finalmente, tras analizar la totalidad de los estudios, decidieron quedarse con 36 de ellos para realizar la revisión. De estos 36 artículos, 30 hacían referencia a la IE en contextos de rendimiento deportivo. Éstos incluían a deportistas, entrenadores y espectadores. Por ejemplo, los investigadores encontraron tres estudios que relacionaban la IE con las emociones en los días de competición. En una de ellas llevada a cabo con corredores de ultra-fondo, los investigadores observaron que aquellos que informaban de emociones más placenteras durante una competición de 6 etapas mostraban también mayores niveles de inteligencia emocional. De igual manera, en una investigación realizada en Taiwán con atletas, los autores encontraron que aquellos que mostraban niveles más altos de inteligencia emocional también informaban de una menor ansiedad precompetitiva. Más importante aún, en otro estudio, los investigadores encontraron que las emociones del día de la competición están directamente relacionadas con el resultado obtenido en esta.

Asimismo, en un estudio en el que se analizaron seis equipos de la liga nacional de cricket (Sudáfrica), los investigadores hallaron una correlación positiva (r =.69; p<.05) entre el rendimiento deportivo (número de logs) y la puntuación media del equipo en inteligencia emocional, concluyendo así que los jugadores con altas puntuaciones en inteligencia emocional muestran una mayor capacidad para rendir bajo condiciones de alto estrés y son capaces de lograr optimizar sus emociones obteniendo mayor rendimiento durante los partidos. Por último, los investigadores argumentan que los equipos con altas puntuaciones en inteligencia emocional, podrán sobreponerse con mayor facilidad a contrariedades específicas del cricket.

Un estudio analizó la influencia de la inteligencia emocional sobre el rendimiento deportivo de los jugadores en Liga Nacional de Hockey hielo (NHL) de EE.UU. Los resultados mostraron que la inteligencia emocional añade una varianza significativa a las predicciones del número de puntos conseguidos en la NHL. Por otro lado, en otro estudio se exploraron la relación entre la inteligencia emocional y el rendimiento atlético en una muestra de jugadores de béisbol. Los resultados sugieren que los componentes de la IE parecen estar moderadamente relacionados con el rendimiento del lanzador.

En otro trabajo realizado con futbolistas de alto rendimiento los autores argumentan que aquellos jugadores que se ven más expuestos a experimentar emociones negativas presentan menores niveles de bienestar psicológico, sobre todo en futbolistas de menor edad, e invitan a profundizar en el desarrollo de nuevas investigaciones tendientes a considerar la influencia de los factores emocionales y el uso de estrategias de regulación emocional sobre el comportamiento de deportistas de alto rendimiento.

Recientemente, en un estudio se analizó la efectividad de una intervención de cinco meses de duración para mejorar la inteligencia emocional a nivel de rasgo contando con 67 jugadores de rugby. Los resultados mostraron que el entrenamiento de la IE mejoraba parcialmente la IE. Este hecho demuestra que es posible mejorar la inteligencia emocional de rasgo aunque los participantes no muestren una motivación previa para mejorarla.

— — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — — —

[1] La obra de Charles Darwin la expresión de las emociones en el hombre y los animales fue uno de los primeros libros ilustrados con fotografías y el primero en exponer fotografías sobre las emociones. El editor del libro advirtió que una edición tan costosa “causaría un terrible agujero en los beneficios”, pero la obra resultó todo un éxito, superando las 5.000 copias vendidas en su primera edición.

[2] Leuner proponía como tratamiento para paliar ese déficit de IE la administración de la droga alucinógena LSD-25 y sesiones de psicoterapia.

Generaciones incomprendidas

Jóvenes groseros — Ofender sin repercusión — Aún hay futuro — Ni éramos tan buenos, ni somos tan malos — Es verdad, lo dice un estudio de este año — El caprichoso talento.

fandango-6

SOCRATES Y LAS NUEVAS GENERACIONES

“Los jóvenes hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, devoran su comida, y le faltan al respeto a sus maestros.”
Esta frase bien la podría haber escuchado ayer en el bar donde me tomo el café por las mañanas. Sin embargo, al parecer, dicha frase se atribuye a Sócrates. Es decir, que el filósofo podía haber soltado aquel comentario hace más de 2.500 años en el ágora de Atenas intentado provocar a algún paseante.
Desde hace un par de años, vengo escuchando a entrenadores, docentes y profesores de universidad, que esta nueva generación, aquella cuya edad ronda entre los 15 y los 25 años, muestra una menor capacidad de trabajo, que son más hedonistas, más egocéntricos y más blandos.
Algunos achacan dichos comportamientos al excesivo uso de las redes sociales, a su obsesión por gustar a los demás y por la necesidad de recibir una gratificación inmediata.
Admito que hay algo relacionado con el uso de las redes sociales que hacen que sea cauto en mi posicionamiento. Desconfío de sus detractores, pero también lo hago de sus fieles defensores. Como decía Montaigne, la causa de la verdad debería ser la causa común de uno y otro. Probablemente la verdad esté entre ambos posicionamientos. Siempre procuro partir desde el principio de precaución y cualquier cosa que no haya pasado por el filtro del tiempo, advoco por su moderación.
Existen algunas hipótesis que hacen pensar que los “me gusta” y las constantes notificaciones estén afectando negativamente a nuestros comportamientos sociales. Al parecer, cada vez que recibimos una notificación, podríamos liberar una hormona conocida como dopamina. Esta hormona es segregada desde unas neuronas situadas en el cerebro y participa en experiencias de recompensa como la alimentación o el sexo. Desde las perspectivas darwinianas, algunos autores indican que la dopamina es un recurso de nuestra evolución para mantenernos motivados en la búsqueda de la procreación y supervivencia de nuestra especie. Es decir, que esta sustancia ha estado recorriendo nuestros cuerpos desde hace millones de años. El problema es que un exceso de dopamina puede resultar en la adicción. Esto es lo que ocurre con las drogas, y esto es lo que, según algunas hipótesis, ocurre también con un uso excesivo e inadecuado de las redes sociales. Y es ahí donde comienzo a preocuparme.
Hay deportistas que me han comentado que lo primero que hacen al despertarse es coger el teléfono y mirar su cuenta de Instagram, y hay adultos que lo último que hacen antes de dormirse es mirar su Facebook.
Es una situación única que, a lo largo de nuestra evolución como especie, nunca habíamos experimentado. Nunca habíamos convivido con una identidad virtual, y ha pasado tan poco tiempo desde su creación, que desconocemos los riesgos psicológicos que puedan acarrear.
Nuestra mente tiene la capacidad de identificar y agrupar patrones, y cualquier cosa que se salga de la norma, llama nuestra atención. Eso hace que, aun recibiendo 100 comentarios positivos, nuestra mente sólo se centre en esos dos comentarios negativos que hemos recibido, rumiando una y otra vez acerca de por qué habrán dicho eso de nosotros.
Asimismo, uno de los mayores problemas que encuentro relacionado con esto último, es que, a menudo, debido al anonimato o distancia existente entre nosotros y nuestros detractores, no existen repercusiones para aquellos que dejan comentarios negativos o marcan el botón de “no me gusta”.

 

NO HAY RIESGOS PARA LOS CRETINOS

Recientemente, mi mujer y yo estábamos viendo un vídeo en Youtube en el que una niña de unos 8 años ponía voz a un cuento para niños. Mi mujer lo iba a utilizar para un proyecto con sus alumnos y me preguntó qué me parecía. En cambio, mis ojos se centraron en el número de “no me gustas” que tenía el vídeo. Ignorando mi cometido, le solté: ¿Cómo puede haber 42 bastardos que le den a “no me gusta” a un vídeo tan inocente?

Pongamos en situación. Es 1927. En un parque de Donostia, conocido hoy como Alderdi Eder, se encuentra una niña, sentadita en un banco y leyendo en voz alta un cuento que le ha regalado su tío que vive en Madrid. Se le acerca otra niña de unos 15 años y le espeta: “No sabes leer. Que mal lees”.
La niña coge su libro y se marcha corriendo a su casa entre sollozos. La madre le pregunta a la niña quién ha sido la que le ha dicho eso, y ella le dice que cree que ha sido la hija del panadero. Acto seguido, la madre coge a su hija y se dirige a la panadería, propiedad de la familia de la adolescente, para hablar con su padre.
Esa misma tarde, tocan a la puerta de la casa de la pequeña. Delante, se presentan el panadero y su hija. “¿Qué, no tienes nada que decir?”. Le dice él.
“Los siento” dice ella.
“¿Eso es todo?” le dice él.
“No lo volveré a hacer”. Comenta mientras baja la mirada y levanta los hombros.
La niña, avergonzada también, le dice: “te perdono”.

La historieta es algo cursi, pero me sirve como ejemplo.

 

NO NOS ASUSTEMOS TODAVÍA

Ahora, la otra cara de la moneda.

Cierto es que, a lo largo de nuestra evolución como especie, nunca habíamos convivido con una identidad virtual como ocurre hoy en día, pero el deseo del ser humano de mostrar sus virtudes puede datarse desde los primeros homo-sapiens. Existen especulaciones acerca de los motivos de la proliferación del arte rupestre paleolítico que lo atribuyen a la necesidad de algunos virtuosos del dibujo cavernícola a mostrar su arte y dejar un legado para la posteridad.
Según cuentan, las bibliotecas de Alejandría, Atenas o Roma, estaban repletas de libros cuyos autores querían mostrar al mundo sus vastos conocimientos, reflexiones y experiencias.
Parece ser que hay algo en nosotros que quiere compartir algo con los demás.
Volviendo al tema de nuestras percepciones acerca de las nuevas generaciones, opino que dicha incomprensión por la siguiente generación se remonta a los inicios de nuestra especie. No me he preocupado en buscar información para fundamentar la siguiente afirmación, pero me imagino que los entrenadores y educadores de los años 60 alucinarían en colores (sin necesidad de los famosos ácidos tan de moda en aquella época) con toda esa banda de melenudos que llenaban sus clases y centros deportivos. Pocas generaciones han sido tan notorias por su carácter hedónico, y, sin embargo, durante esa época florecieron deportistas que revolucionaron el mundo del deporte.
Cada década ha venido marcada por unos jóvenes que pensaban de forma diferente a sus predecesores y que han ido trasformando la realidad de una nueva época.

 

REGRESIÓN A LA MEDIA

En el ámbito que mejor conozco, el deportivo, a menudo se recurre a comentar que, en esta o en tal modalidad, no hay un relevo para nuestros buques insignia. Los motivos pueden ser muchísimos y quizás, los anteriormente comentados, estén entre ellos. No obstante, en estadística hay un término conocido como regresión a la media, o reversión a la mediocridad (1), que explica cómo, tras un periodo de resultados superiores o inferiores a la normalidad, vuelven a su situación más ordinaria.
En Estados Unidos, hay una revista llamada Sports Illustrated en cuya portada a menudo aparecen deportistas que han sobresalido durante ese año. El caso es que, estos deportistas, al año siguiente tenían una temporada considerablemente menos brillante, y, entre los mismos deportistas y los periodistas deportivos, se fue creando una especie de mito que calificaron como “la maldición del Sports Illustrated”. Los más supersticiosos siguen creyendo en ella; en cambio, lo más probable es que se deba a un caso de regresión a la media. Tras un periodo de éxitos por encima de lo normal, estos súper-campeones vuelven a ocupar el lugar en el que han permanecido durante tanto tiempo.

 

SESGO CONFIRMATORIO

Como ocurre a menudo, siempre encontraremos un ejemplo que justifique nuestra opinión. A este sesgo cognitivo, se le conoce en psicología como sesgo confirmatorio. Partimos desde nuestra opinión y buscamos ejemplos que lo confirmen. Y si no los encontramos, elaboramos teorías que apoyen nuestro posicionamiento.
De hecho, es probable que, mi actitud naturalmente optimista, nuble mi juicio en relación a todo lo anteriormente comentado.
Los motivos para afirmar que los jóvenes de hoy en día muestran una menor capacidad de trabajo y que son más hedonistas, más egocéntricos y más blandos, seguirán siendo inciertos y, seguramente infundados. No obstante, son muchas las evidencias que indican que la perseverancia, la fortaleza mental, la gestión emocional y la motivación son algunas de las claves del éxito, dentro y fuera del deporte. Y es ahí donde deberíamos centrar nuestros esfuerzos. No tanto en buscar los motivos sino en promover que nuestros jóvenes desarrollen esas capacidades psicológicas. En cuanto a la aparición de las generaciones con grandes talentos, uno ha de ser paciente y trabajar de la misma forma, a la espera de que, con suerte, emerja alguno. Cualquier otra atribución que no sea aquella resultante del azar, estará cayendo en el ya mencionado sesgo confirmatorio. Existen numerosas empresas y universidades que afirman ser capaces de desarrollar el talento. Pero aquí debemos separar entre aquello que podríamos calificar como desarrollo potencial de algunas destrezas o virtudes, del talento real y único. Recuerdo como una vez, un entrenador de fútbol infantil de un conocido equipo le decía a otro entrenador del mismo club pero de una categoría superior, “tenemos que intentar desarrollar el talento de estos chavales para que cuando lleguen a cadetes, tengamos un equipo ganador”, a lo que el otro respondió, “sí, sí, pero a mi dame los buenos”.

Un entorno que reúna las condiciones óptimas para el desarrollo del potencial de cada persona puede ayudar a que los verdaderos talentos, virtuosos y genios alcancen la excelencia. Sin embargo, este tipo de personas también pueden florecer en las condiciones más pésimas y adversas. Para dificultar aún más su identificación, en numerosas ocasiones el talento de un virtuoso se desarrolla de forma no-lineal o tardía. Pero incluso en aquellos países, escuelas, clubes o academias en las que existe una cultura de la excelencia, la aparición de este tipo de personas surge, ya sea de forma individual o colectiva, de manera espontánea, aleatoria, y sin seguir ningún tipo de ciclo ni patrón. En Baltimore, en Helsinki, en Londres, o incluso en Bilbao.

José-Arrúe-Escena-de-fútbol-basco-1914

José Arrúe — escenas de fútbol vasco. 1914.


 

(1) Es probable que algunos lectores confundan el término “mediocridad” en base a su uso común, el cual tiene connotaciones negativas. Según la RAE, entendemos por mediocridad (mediocre, del latín mediocris), 1. adj. De calidad media. 2. adj. De poco mérito, tirando a malo. En cambio, en estadística significa estar en la media. El concepto de regresión proviene del ámbito de la genética y fue popularizado por Sir Francis Galton, primo de Sir Charles Darwin, a finales del siglo 19 con la publicación de su obra Regression towards mediocrity in hereditary stature. Galton observó que las características extremas (como la altura) de los padres, no se transmiten de forma idéntica a su descendencia. Más bien, las características de la descendencia retroceden hacia un punto mediocre. Un punto que desde entonces ha sido identificada como la media. Asimismo, fue capaz de cuantificar la regresión a la media midiendo la altura de cientos de personas, y estimar así, el tamaño del efecto.

Caminando sobre porcelana: deportistas frágiles

Debido al ajetreo de mi trabajo durante el día y a la redacción de mi tesis doctoral por las noches y los domingos (¡quién me mandaría  a mí meterme en este embolado!)  no he tenido demasiado tiempo para escribir acerca de aquello que no esté estrictamente relacionado con mi trabajo o con mi tesis. Por eso, aprovecho nuevamente otro viaje en tren para escribir unas líneas.

Hay una frase que me dijo un triple medallista olímpico hace ya unos años y que me viene a la mente de vez en cuando: “Ekaitz, si quieres disfrutar en la competición, los entrenamientos han de ser más duros que la competición”.

Obviamente no todos los entrenamientos han de ser duros (1), pero lo que he podido observar en multitud de disciplinas es que algunos deportistas rehuyen salir de esa zona de confort y se escudan en excusas, algunas realmente ingeniosas.

A su vez, técnicos y entrenadores, con el objetivo de optimizar el rendimiento, estamos centrándonos en exceso en aquellas variables que puedan ser medibles y no nos salimos del guión por miedo a interferir con el plan establecido.

En cuanto a la competición, hay deportistas que cada vez compiten menos debido al temor a que las competiciones secundarias puedan interferir en el rendimiento de la competición principal o incluso debido a nuestros miedos a que estas competiciones no salgan según lo esperado y afecte al deportista moralmente. En mi opinión, cuando uno se expone a perder, también se está preparando para ganar.

Pues bien. Si es verdad aquello que dicen los fisiólogos y teóricos del entrenamiento de que uno se adapta a lo que entrena, añadiré que también uno compite como entrena (2). Y si buscamos aún mayor especificidad, diré también que a competir se aprende compitiendo.

Hay situaciones de la competición que nunca conseguiremos reproducirlas en un entrenamiento. Por eso, hay momentos en los que si queremos que nuestros deportistas se conviertan en personas más duras (dureza mental y física) o, utilizando el término desarrollado por Nassim Taleb, que se conviertan en personas física y mentalmente anti-frágiles, han de acumular más competiciones en su mochila.

Decía, que hay aspectos de la competición que no podemos reproducir en los entrenamientos pero hay otros que sí. Uno de ellos  es el de prepararnos a no tirar la toalla cuando la cosa se complica.

Muchos deportistas tienden al abandono de las series o partes del entrenamiento, bien porque nos sacan de nuestra zona de confort o bien porque no hemos alcanzado el objetivo marcado para esa serie, ese ritmo o ese entrenamiento.

La repetición es fundamental para adquirir pericia en algo, pero por desgracia, la repetición también hace que un gesto técnico incorrecto o una conducta negativa corra el riesgo de fosilizarse. Una conducta de abandono repetida a menudo, se queda grabada en nuestra mente como cuando un granjero yerraba a una vaca en el lomo con su sello -desconozco si se sigue llevando a cabo esta práctica-.

Esto conlleva a que cada vez que nos enfrentemos a una situación difícil en competición, nuestra mente acuda a su directorio de recursos y extraiga aquella información de una conducta que ha empleado con asiduidad.

En definitiva, la belleza está en la dureza. Por eso nuestros deportistas han de caminar sobre tierra firme, no sobre porcelana.

————–

(1) Personalmente, me inclino más hacia un enfoque polarizado (basándome en algunas evidencias científicas y observaciones personales) en el que los deportistas tengan, por un lado, la oportunidad de acumular mayor millaje y realizar gestos técnicos a bajas intensidades (además de los beneficios de una mejor recuperación, menor sometimiento al organismo a un desgaste excesivo, etc.) y por otro lado, para proporcionar al deportista la oportunidad de dar lo mejor de sí cuando el objetivo sea el de realizar sesiones de mucha calidad y alta demanda energética.

(2) Esta afirmación de que “uno compite como entrena” es una simplificación para hacer llegar el mensaje. En verdad, observo que algunos compiten mejor de lo que entrenan, mientras que a otros les ocurre exactamente lo contrario.

1- Las opiniones de este blog son opiniones propias. 
No representan a ninguna de las instituciones para las que 
trabajo o colaboro.

2- Cuando se utiliza el género masculino se quiere hacer
referencia a ambos sexos, sin hacer ningún tipo de distinción 
o discriminación.