Os dejo un pequeño “teaser” de la conversación para mi podcast con el inigualable Saúl Craviotto. El lunes lo tendréis disponible en la mayoría de plataformas de podcast como Spotify, Ivoox, Google Podcasts, Breaker, etc.

¡Mientras tanto coged un boli y un cuaderno y apuntad las claves del éxito de este campeón olímpico y ganador de Master Chef!

¡Hola a todos!

Por fin ha llegado el momento y hoy estreno mi primer episodio de un podcast llamado SASOIKO.

https://open.spotify.com/episode/47OX7qS6jUMeCJGRZd60Dt

SASOIKO es un podcast sobre la buena vida y la buena mesa dirigido por mí, Ekaitz Saies, en el cual invitaré a charlar en sobremesa a gente del mundo del deporte, la cocina, la cultura o la ciencia.

La palabra “sasoiko” proviene del euskara (lengua vasca) y tiene dos significados relacionados con la salud:vigoroso, fuerte, lleno de vida. – FORMA FÍSICA del tiempo, de la época. – NUTRICIÓN

El objetivo de SASOIKO es el de ayudar a crear un mundo más sano mediante el entretenimiento y la promoción de la actividad física y una alimentación sana, fresca y local.

Por otro lado, en este primer episodio os presento un adelanto del siguiente episodio en el que entrevisto a una de las personas más increíbles que conozco: el gran Saúl Craviotto. Os va a encantar conocer como se prepara para cualquier reto, ya sea ganar unos Juegos Olímpicos o ganar el concurso televisivo Master Chef.

Un abrazo y recuerda:

Mantente SASOIKO, come SASOIKO.

La disciplina se trabaja día a día. Sin prisa, creando hábitos y conductas que propicien que, a la larga, podamos alcanzar aquello que nos proponemos. La constancia es una virtud y no debemos apresurarnos.

El filósofo griego Epicteto decía que debemos superar un largo invierno de entrenamientos y no precipitarnos para las cosas que no estamos preparados.

Disciplina, constancia, paciencia y preparación. Continúa con tu propósito, por muy difícil que esté resultando durante estos días de confinamiento, y no desistas.

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Hay un dicho maorí que dice que el primer estadio del aprendizaje es el silencio, y el segundo, la escucha.

Aprender a escuchar es fundamental en nuestras relaciones sociales, sentimentales y profesionales.

Estamos viviendo momentos sin precedentes en los que el silencio parece imposible, lo cual, imposibilita aún más la escucha.

Si queremos aprender algo de esta crisis, necesitamos más que nunca poner ambos estadios del aprendizaje en práctica: el silencio y la escucha.

Tras el aplazamiento de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, parte de mis sueños profesionales así como el de nuestros deportistas y técnicos se han alejado hasta el año que viene, así que antes de echar la mirada hacia adelante, me ayuda rememorar lo aprendido.

Durante los pasados Juegos Olímpicos de Rio 2016, Yolande Bukasa Mabika, una de las 10 representantes del Equipo de los Refugiados que compitieron bajo la bandera del Comité Olímpico Internacional, realizó las siguientes declaraciones tras perder su combate contra la judoka israelí Linda Bolder que, en mi opinión, representan el verdadero espíritu olímpico:

“Estoy aquí representando a muchas naciones y mi victoria es la victoria de todos los refugiados del mundo. He perdido, pero estoy aquí. La lucha no ha terminado hoy. La lucha no es sólo el Judo, la lucha es la vida”.

Lamentablemente el problema de los refugiados sigue latente cuatro años más tarde y probablemente pueda ser peor, y ahora además, somos millones las personas que no sólo luchamos por aquello que nos apasiona sino que nos está tocando luchar por la vida. Por las nuestras y la de los nuestros.

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Photo credit: BBC Sport


					

*Antes de nada, quisiera advertir al lector de que este relato es ficticio y que simplemente describe una ensoñación y un deseo sobre el día que pueda volver al agua.

Soñando con volver al agua

Enciendo el motor del coche. Le cuesta arrancar. La carrocería se encuentra sucia del polvo de los árboles que rodean el aparcamiento de mi vecindad. El coche ha estado en el mismo lugar desde el inicio del confinamiento y no lo he sacado a pasear ni para hacer la compra. Si en algo fuimos previsores, fue en reservar pedidos a domicilio para varias semanas consecutivas.

Según el pronóstico, va a hacer un día estupendo. Está amaneciendo y aún está fresco. Es un placer bajar la ventanilla y sentir la libertad de conducir con la música a tope. Si no fuera tan comedido, cantaría a grito pelado el Passenger del cabrón de Iggy Pop. El camino que conduce de mi casa al lugar donde guardo mis piraguas es un camino rodeado de bosques a la vera del río. En uno de los puntos del camino, hay un lugar idílico donde hay unos caballos y donde hace un tiempo( vi nadar un ciervo de un lado al otro del rio. Al principio pensaba que se trataba de un perro, pero poco a poco me acerqué a aquel bicho con mi piragua y ¡me di cuenta de que se trataba de un ciervo! Curiosamente mi amigo Koldo, que es productor de cine, me comentó que justamente en ese sitio semanas más tarde iban a rodar una escena muy similar para una película llamada Oreina.

Me lleva algo más de quince minutos llegar. Apenas hay tráfico. Abro la puerta del hangar. Durante el viaje en coche estaba dudando entre coger el surfski y salir al mar para ver la espectacular costa vasca que tanto echaba de menos, o subir rio arriba con mi K1 hasta pasar la curva de los caballos. Me decanto por esta última opción y el surfski lo dejaré para mañana.

Cojo la pala y siento su peso. Me entran ganas de incluso olerla. Siento las empuñaduras con el esparadrapo nuevo que le puse antes del confinamiento. Estoy convencido de que me saldrán ampollas en las manos. Me la suda. No he sentido mi pala en semanas y necesito su contacto con la piel de mis manos.

Coloco dos caballetes fuera del hangar para cuando vuelva del agua y vuelvo para dentro para coger mi piragua y llevarla al embarcadero. Camino descalzo. He dejado mis chancletas en la mochila a propósito. Tengo los pies emblandecidos de andar por el plano suelo de mi casa y necesito sentir el incordio de la gravilla incrustándose en mis pies.

Mientras camino hacia el pantalán me pregunto qué sentiré cuando me monte en ella. Ha pasado más de un mes y no recuerdo haber pasado tanto tiempo sin andar en piragua desde que tenía nueve años.

La coloco suavemente sobre el agua y la miro durante unos segundos. Pongo la pala a su lado y me siento. Doy un pequeño empujón con mi brazo izquierdo y me alejo del embarcadero.

Para haber pasado tanto tiempo sin montar, tampoco me siento tan mal. Pero bueno, ya os lo contaré a la vuelta.

La luz al final del túnel

Antes de una competición, una entrevista de trabajo, un discurso o cualquier evento de importancia, uno debe simplificar y automatizar al máximo su rutina y olvidarse de incorporar cientos de elementos que puedan generar incertidumbre.

Lo simple es bello y eficaz.

Las rutinas nos dan seguridad, y esto es fundamental a la hora de mostrar nuestra mejor versión en un momento crucial.

Algunos de los que crecimos durante los 80 y los 90 vivimos con total intensidad la fiebre de Karate Kid nos acordamos perfectamente la frase “dar cera, pulir cera” que el Señor Miyagi le decía a Daniel-san. El fundamento era el mismo: la repetición de un movimiento hasta lograr la automatización.

Pat-Morita_(Karate_Kid)

Todavía recuerdo aquel póster que colgué en mi habitación con la épica pelea entre Bruce Lee y Chuck Norris que venía con la revista Dojo. Pues bien, el gran Bruce, además de repartir leñazos a diestro y siniestro, tenía frases como ésta:

Yo no temo al hombre que ha lanzado 10.000 patadas diferentes. Temo al hombre que ha lanzado una patada 10.000 veces.

Escribe tu estrategia, simplifícala y repítela hasta que ya no tengas ni que pensar.

Camino sobre la arena mientras miro al horizonte.

Los zapatos me cuelgan de los dedos.

El agua está fría pero no puedo evitarlo.

Si camino sobre la arena, he de sentirla.

Por lo demás, voy bien abrigado.

La lana me abraza con fuerza.

Disfruto con la austeridad del paisaje. 

Me transmite tranquilidad y melancolía.

pequeñas olas creadas por el viento

Rompen con dulzura contra la orilla.

Cuentan que una fragata aquí se hundió.

Un duque, hijo del Zar,

Alardeaba en sus fiestas de haber sobrevivido.

La misma suerte tuvo el mejor amigo de Pushkin,

Aun no habiéndose embarcado.

Me pregunto si estaré acompañado.

En otra ocasión, miles de soldados aquí murieron.

¿Cuantos esperarían aquel final?

Probablemente más de lo que me imagine.

El hombre es optimista aunque conozca su final.

Huele a madera mojada.

Las gaviotas vuelan sobre mi.

Quiero pintar este cuadro pero no puedo.

Me tiran de la mano.

Por suerte eres tú.