Tras el aplazamiento de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, parte de mis sueños profesionales así como el de nuestros deportistas y técnicos se han alejado hasta el año que viene, así que antes de echar la mirada hacia adelante, me ayuda rememorar lo aprendido.

Durante los pasados Juegos Olímpicos de Rio 2016, Yolande Bukasa Mabika, una de las 10 representantes del Equipo de los Refugiados que compitieron bajo la bandera del Comité Olímpico Internacional, realizó las siguientes declaraciones tras perder su combate contra la judoka israelí Linda Bolder que, en mi opinión, representan el verdadero espíritu olímpico:

“Estoy aquí representando a muchas naciones y mi victoria es la victoria de todos los refugiados del mundo. He perdido, pero estoy aquí. La lucha no ha terminado hoy. La lucha no es sólo el Judo, la lucha es la vida”.

Lamentablemente el problema de los refugiados sigue latente cuatro años más tarde y probablemente pueda ser peor, y ahora además, somos millones las personas que no sólo luchamos por aquello que nos apasiona sino que nos está tocando luchar por la vida. Por las nuestras y la de los nuestros.

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Photo credit: BBC Sport


					

*Antes de nada, quisiera advertir al lector de que este relato es ficticio y que simplemente describe una ensoñación y un deseo sobre el día que pueda volver al agua.

Soñando con volver al agua

Enciendo el motor del coche. Le cuesta arrancar. La carrocería se encuentra sucia del polvo de los árboles que rodean el aparcamiento de mi vecindad. El coche ha estado en el mismo lugar desde el inicio del confinamiento y no lo he sacado a pasear ni para hacer la compra. Si en algo fuimos previsores, fue en reservar pedidos a domicilio para varias semanas consecutivas.

Según el pronóstico, va a hacer un día estupendo. Está amaneciendo y aún está fresco. Es un placer bajar la ventanilla y sentir la libertad de conducir con la música a tope. Si no fuera tan comedido, cantaría a grito pelado el Passenger del cabrón de Iggy Pop. El camino que conduce de mi casa al lugar donde guardo mis piraguas es un camino rodeado de bosques a la vera del río. En uno de los puntos del camino, hay un lugar idílico donde hay unos caballos y donde hace un tiempo( vi nadar un ciervo de un lado al otro del rio. Al principio pensaba que se trataba de un perro, pero poco a poco me acerqué a aquel bicho con mi piragua y ¡me di cuenta de que se trataba de un ciervo! Curiosamente mi amigo Koldo, que es productor de cine, me comentó que justamente en ese sitio semanas más tarde iban a rodar una escena muy similar para una película llamada Oreina.

Me lleva algo más de quince minutos llegar. Apenas hay tráfico. Abro la puerta del hangar. Durante el viaje en coche estaba dudando entre coger el surfski y salir al mar para ver la espectacular costa vasca que tanto echaba de menos, o subir rio arriba con mi K1 hasta pasar la curva de los caballos. Me decanto por esta última opción y el surfski lo dejaré para mañana.

Cojo la pala y siento su peso. Me entran ganas de incluso olerla. Siento las empuñaduras con el esparadrapo nuevo que le puse antes del confinamiento. Estoy convencido de que me saldrán ampollas en las manos. Me la suda. No he sentido mi pala en semanas y necesito su contacto con la piel de mis manos.

Coloco dos caballetes fuera del hangar para cuando vuelva del agua y vuelvo para dentro para coger mi piragua y llevarla al embarcadero. Camino descalzo. He dejado mis chancletas en la mochila a propósito. Tengo los pies emblandecidos de andar por el plano suelo de mi casa y necesito sentir el incordio de la gravilla incrustándose en mis pies.

Mientras camino hacia el pantalán me pregunto qué sentiré cuando me monte en ella. Ha pasado más de un mes y no recuerdo haber pasado tanto tiempo sin andar en piragua desde que tenía nueve años.

La coloco suavemente sobre el agua y la miro durante unos segundos. Pongo la pala a su lado y me siento. Doy un pequeño empujón con mi brazo izquierdo y me alejo del embarcadero.

Para haber pasado tanto tiempo sin montar, tampoco me siento tan mal. Pero bueno, ya os lo contaré a la vuelta.

La luz al final del túnel

Antes de una competición, una entrevista de trabajo, un discurso o cualquier evento de importancia, uno debe simplificar y automatizar al máximo su rutina y olvidarse de incorporar cientos de elementos que puedan generar incertidumbre.

Lo simple es bello y eficaz.

Las rutinas nos dan seguridad, y esto es fundamental a la hora de mostrar nuestra mejor versión en un momento crucial.

Algunos de los que crecimos durante los 80 y los 90 vivimos con total intensidad la fiebre de Karate Kid nos acordamos perfectamente la frase “dar cera, pulir cera” que el Señor Miyagi le decía a Daniel-san. El fundamento era el mismo: la repetición de un movimiento hasta lograr la automatización.

Pat-Morita_(Karate_Kid)

Todavía recuerdo aquel póster que colgué en mi habitación con la épica pelea entre Bruce Lee y Chuck Norris que venía con la revista Dojo. Pues bien, el gran Bruce, además de repartir leñazos a diestro y siniestro, tenía frases como ésta:

Yo no temo al hombre que ha lanzado 10.000 patadas diferentes. Temo al hombre que ha lanzado una patada 10.000 veces.

Escribe tu estrategia, simplifícala y repítela hasta que ya no tengas ni que pensar.

Camino sobre la arena mientras miro al horizonte.

Los zapatos me cuelgan de los dedos.

El agua está fría pero no puedo evitarlo.

Si camino sobre la arena, he de sentirla.

Por lo demás, voy bien abrigado.

La lana me abraza con fuerza.

Disfruto con la austeridad del paisaje. 

Me transmite tranquilidad y melancolía.

pequeñas olas creadas por el viento

Rompen con dulzura contra la orilla.

Cuentan que una fragata aquí se hundió.

Un duque, hijo del Zar,

Alardeaba en sus fiestas de haber sobrevivido.

La misma suerte tuvo el mejor amigo de Pushkin,

Aun no habiéndose embarcado.

Me pregunto si estaré acompañado.

En otra ocasión, miles de soldados aquí murieron.

¿Cuantos esperarían aquel final?

Probablemente más de lo que me imagine.

El hombre es optimista aunque conozca su final.

Huele a madera mojada.

Las gaviotas vuelan sobre mi.

Quiero pintar este cuadro pero no puedo.

Me tiran de la mano.

Por suerte eres tú.

Hace unos años, le regalé a un amigo que estaba pasando por una ruptura sentimental un libro que a mí me había ayudado e instruido enormemente en momentos difíciles de mi vida. Se trataba de “Cartas a Luicilio” de del filósofo romano Lucio Anneo Séneca. Un sábado por la mañana semanas más tarde, quería volver a leer algún pasaje de aquel libro y llamé a mi mujer, quien en ese instante se encontraba de compras en el centro de nuestra ciudad, para que me comprase otro ejemplar del mismo libro.

Por la tarde llegó con otro libro y me dijo que había buscado el de Séneca en un par de librerías, pero que no lo tenían. Sin embargo, me había comprado otro de Schopenhauer que se encontraba en la misma sección. Hasta aquel momento apenas me había interesado por este filósofo alemán debido a su reputación de pesimista, atribuida en mi opinión de forma imprecisa y simplista, ahora que he profundizado más en su obra.

Una de sus célebres frases decía que “toda vida es sufrimiento”; y es que, desde la irrupción de las redes sociales en nuestras vidas, parece impensable que hablemos y mostremos nuestro sufrimiento en público.

Cualquiera que entre en las redes sociales de cualquier amigo o personaje público, solamente verá lo bien que se lo están pasando o lo bien que están llevando este confinamiento. En mi caso, también peco de ello y muchos podrían pensar al ver mis publicaciones: “mira que bien se lo pasa haciendo mermeladas y platos caseros”, o, “…siempre se quejaba de que pasaba mucho tiempo fuera de casa, pues mira que feliz se le ve ahora haciendo ejercicio con sus niños”, o “ya, ya, no tiene tiempo para responder a mi mensaje, pero mira que tranquilo se le ve escribiendo chorradas en un cuaderno”, o pensamientos similares. Y no les culpo por ello, porque es cierto. Intento aprovechar esta situación para jugar, aprender, cocinar, etc. Y es que, como decía el propio Schopenhauer, “los hombres vulgares sólo piensan en cómo pasar el tiempo. Un hombre inteligente procura aprovecharlo”.

Sin embargo, no es oro todo lo que reluce, y tal y como dice Daniel Kahneman, el reputado psicólogo y premio Nobel de economía, en nuestras mentes solo existe lo que vemos, y es que cuando uno muestra solamente los momentos álgidos de su día, la mayoría tendemos a pensar que el resto de su día lo ha pasado de igual manera, sin ser conscientes de que probablemente haya tenido otros momentos de mierda en su día. El problema es que no los muestra. Y todos pecamos de ello. Incluso las revistas científicas publican muchísimos más estudios cuyos resultados han sido positivos que cuando no han concluido en nada revelador, dificultando así el avance científico y permitiendo que muchos investigadores lleguen al mismo callejón sin salida al que han llegado otros antes.

Pues bien, me sinceraré con vosotros y os contaré que aparte de cocinar unas pencas rebozadas con jamón y queso (receta aprendida de mi abuela paterna), hacer arroz con leche empleando hojas de laurel para enriquecer el sabor (técnica aprendida de mi abuela materna), hacer mermeladas con las naranjas de nuestros propios naranjos, o pintar con acuarela con mis hijos mientras escuchamos mis viejos vinilos de David Bowie o The Smiths, también hay momentos difíciles que merecen la pena compartir para dar algo de perspectiva a la aparente felicidad que vemos en las redes sociales, donde todo el mundo es guapísimo y se cuidan un montón, y nunca les toca enterrar a nadie ni llorar por nadie.

Hace exactamente un año que falleció una de las personas más importantes de mi vida en Alemania. Acaba de llegar la fecha de aquél fatídico aniversario y por motivos evidentes, no he podido acompañar en persona a la gente que más le quería. Si a esta situación le añadimos la situación de confinamiento y constante incertidumbre que vivimos todos, el sentimiento resulta aún más doloroso. Por otro lado, aún pudiendo trabajar en algo que me apasiona desde casa, hacerlo en la habitación contigua a una en la que mis tres hijos menores de 7 años se están zurrando, mientras intentamos mantener el barco del piragüismo nacional a flote, tampoco resulta fácil. Si a ello le añadimos la ansiedad que percibo constantemente de personas con las que trato, más el sufrimiento que siento por familiares o amigos que trabajan en el sector sanitario, o parejas en cuyos casos los dos han perdido el trabajo o se encuentran en situación de ERTE, mis ánimos, por mucha inteligencia emocional y filosofía estoica que haya estudiado, a menudo se encuentran por lo suelos. 

De hecho, las cosas que me mantienen motivado y anclado en el presente, son aquellas como escribir este artículo, cocinar, jugar con mis hijos, hacer ejercicio, mirar por la ventana o charlar con mi mujer. Pero, hay momentos en los que la vida también es una puta mierda. Y está bien compartirlo.

Hace unos años, durante la cena, mi mujer, enfermera que ahora trabaja como profesora, me contó una anécdota que le había ocurrido en una de sus clases. El día anterior había pedido a sus estudiantes de 13 y 14 años que escogiesen a un personaje que les inspirase admiración para que hablasen de él en público durante 60 segundos.

Como ocurre cada vez que propone esta actividad, en esta ocasión tampoco faltaron personajes famosos como Leo Messi o Barack Obama. Sin embargo, a veces los alumnos hablan de personajes menos conocidos que por una u otra razón han dejado huella en ellos. En esta ocasión le sorprendió gratamente que una joven eligiese a la piragüista Maialen Chourraut como inspiración. Más aún tras argumentar que lo que más le había impresionado de Maialen era que había logrado ser campeona olímpica tras haber sido madre tres años antes, y de lo difícil que debía ser conciliar ambas facetas con éxito: ser madre y ser la mejor palista del mundo.

Mientras terminábamos la cena, ambos estuvimos de acuerdo con dos lecciones que podíamos extraer de aquella anécdota. Por un lado, la influencia positiva que puede tener una hazaña como la de Maialen en nuestros jóvenes. Y por otro, la madurez y la capacidad de reflexión que pueden llegar a tener los jóvenes de esa edad.

El escritor Francisco de Quevedo dijo una vez que lo que en la juventud se aprende, toda la vida dura.

Ayudemos pues a nuestros jóvenes a que conozcan las historias de personas que con sus actos de perseverancia, capacidad de superación y honestidad les influyan positivamente para toda la vida.

El esclavo que logró su libertad — saltando hacia el Olimpo — la templanza sobre el agua — levantarse tras el golpe — la importancia de la gestión emocional en el deporte — ¿Qué son las emociones? — Emociones y rendimiento deportivo.

Hace tiempo leí una frase que se atribuye al filósofo griego Epícteto, quién decía que algunas cosas están bajo nuestro control y otras no. Sólo distinguiendo esto se puede llegar a la tranquilidad interior y a la eficacia exterior. Para quién no conozca la historia de este hombre, imaginaos brevemente su vida: Epícteto nació bajo la condición de esclavo hace casi 2.000 años. Su amo, Epaphroditus, le dio permiso para estudiar y tuvo la suerte de dar con el filósofo estoico Musonio Rufo, que se convirtió en su profesor y mentor. Posteriormente, tras la muerte del emperador Nero, Epícteto logró la libertad y enseñó filosofía en Roma durante cerca de 25 años, hasta que el emperador Domiciano expulsara a todos los filósofos de Roma. Entonces, volvió a Grecia y fundó su propia escuela filosófica en la cual impartió enseñanzas hasta el final de sus días. Sus enseñanzas han influido a numerosos personajes históricos de todos los ámbitos, como el emperador Marco Aurelio, el escritor James Joyce, o el psicólogo Albert Ellis, entre otros.

Los postulados sobre el control emocional de la filosofía estoica de Epícteto, Séneca o Marco Aurelio son muy aplicables al rendimiento deportivo, como veremos a continuación.

3 historias

Un salto épico

Siempre he sentido admiración por aquellos deportistas capaces de mantener la calma incluso en los momentos más importantes de sus carreras deportivas. Una de las hazañas deportivas que más me marcaron en mi juventud fue protagonizada por el saltador de longitud cubano Iván Pedroso en los Juegos Olímpicos de Sydney 2000. Iván partía como serio favorito a lograr una medalla y para el cuarto salto, parecía tener el oro adjudicado con un salto de 8,41m. El oro olímpico era lo único que le faltaba en sus vitrínas. Anteriormente, ya había logrado tres títulos mundiales al aire libre y cuatro en pista cubierta. Sin embargo, en el siguiente salto, un melenudo, súper-motivado y musculoso llamado Jai Taurima, lograba recorrer una distancia de 9,49m marcando la mejor marca personal de su vida, además conseguir el récord de Australia y Oceanía al mismo tiempo. Imaginaos el momento. Cerca de 100.000 personas en el estadio olímpico. Un australiano logra su mejor rendimiento en el momento clave y delante de miles de compatriotas. La gente se volvía loca en el graderío y la victoria parecía ser suya.

Es el momento de Iván. Nadie salvo él sabe qué estaría pensando en esos momentos, pero la mayoría de los mortales hubiésemos salido escopetados de aquel estadio. Su conducta era muy diferente a la de Jai. Serio. Calmado. Al menos de cara al exterior. Le falta un único salto. Para darle un toque aún más épico al asunto, la madre de Iván falleció dos meses antes e Iván quería dedicarle ese título olímpico. En su sexto y último salto, logra saltar 8,55m.

El joven de Cangas que hizo historia (y siguió haciéndolo)

El Campeonato del Mundo de piragüismo del año 2003 se celebró en la localidad de Gainnesville en los Estados Unidos. En aquella competición, un joven llamado David Cal impresionó al mundo del piragüismo internacional por haber plantado cara durante toda la carrera al histórico canoista alemán Andreas Dittmer en la final de la modalidad de C1 1000 metros. Cal fue por delante de Dittmer durante los primeros 800 metros de la prueba, y al final, tras una dura lucha, el palista alemán se impuso al español. Un año más tarde, en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, ambos volvieron a encontrarse cara a cara en una situación muy similar. David salió a por todas y Andreas le seguía de cerca. El ritmo de paleo y la entereza del gesto técnico de Cal auguraban una medalla, pero pocos se imaginaban que la medalla que iba a colgarse sería la de oro. Dittmer comienza a subir. A muchos nos vino una especie de flashback de la final de Gainnesville, pero, sin embargo, David sigue paleando con elegancia y compostura. A cada palada Andreas parece recortarle un poco más, pero la distancia y la velocidad de David nos hace soñar con esa medalla de oro. Cruza la línea de meta y el sueño se hace realidad.

El golpe que no logró doblegar a Greg

Greg sólo tenía ocho meses de edad cuando sus adolescentes padres lo dieron en adopción. Siendo todavía un niño, le diagnosticaron asma y numerosas alergias y le recomendaron realizar actividad física para mejorar su estado de salud. Esto no resultó ser ningún incordio puesto que le encantaba la gimnasia y la danza, y a los nueve años comenzó a recibir clases de salto de trampolín. Pero la infancia de Greg no fue fácil. Sufrió en sus carnes múltiples actos de violencia doméstica y dudaba acerca de su orientación sexual. Al no saber como hacer frente a estas situaciones de adversidad padeció de depresión juvenil y durante una épica fue adicto al alcohol y al tabaco. El salto de trampolín fue su vía de escape para tanto infortunio y a esta actividad le dedicó todo su tiempo. A los 16 años obtuvo una medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Montreal en 1976.

Hablamos de Greg Louganis, uno de los mejores saltadores de la historia de la natación. Para los JJOO de Moscow 1980, Louganis partía como favorito para obtener dos preseas de oro pero el boicot de los EEUU a esos Juegos Olímpicos le impidió optar por lograr su sueño de ser campeón olímpico. Por suerte, la oportunidad la tuvo cuatro años más tarde durante los JJOO de Los Ángeles 1984 donde se alzó con sus dos deseados oros olímpicos.

La vida deportiva de Greg Louganis parecía ser todo un éxito, pero su vida personal seguía golpeándole con dureza. Y no sólo de manera figurada sino literalmente. Su pareja de entonces, le sometió a numerosos malos tratos. Además, tuvo que lidiar con el cáncer terminal que padecía su padre y la muerte de su novio por el virus del SIDA. A todo esto, se le sumaron unos resultados positivos de VIH seis meses antes de los JJOO de Seúl 1988. A pesar de todo, Greg seguía dispuesto a luchar por dos oros más en esos Juegos Olímpicos, y todo apuntaba a que podría volver a hacerlo. Pero una vez más, aún le quedaba otra piedra más que superar en su camino a la cima.

Durante las pruebas preliminares, se golpea la cabeza con el trampolín y queda inconsciente durante un instante. Momentos más tarde, consigue salir de la piscina por su propio pie y recibe unos puntos de sutura para cerrar la herida. Había luchado tanto durante su vida y había hecho frente a tantas adversidades, que aquel golpe, no suponía más que un pequeño contratiempo. Poco más tarde se alza con el oro olímpico en la prueba de trampolín, y lo mismo ocurriría con la plataforma de 10 metros.

Gestión emocional: la calma antes de la… calma

Además de estos momentos tan emocionantes, recuerdo otros muchos igualmente importantes, como el oro olímpico de Saúl Craviotto y Carlos Pérez en Pekín 2008, o los oros olímpicos de Maialen Chourraut, Marcus Cooper, Saúl Craviotto y Cristian Toro en Rio de Janeiro 2016. En todos estos momentos, una de las palabras que más suena entre deportistas, entrenadores, padres, madres, novias, maridos, espectadores, etcétera, es emoción.

¿Pero qué es realmente una emoción?, ¿a qué nos referimos cuando decimos que nuestro novio no es capaz de identificar nuestras emociones, o cuando comentamos en la cafetería que nuestro jefe no es capaz de controlar sus emociones, o incluso cuando admitimos que nos emociona ver a nuestro equipo favorito ganar un partido amistoso contra un equipo de la tercera división surcoreana?

En base a las evidencias científicas que disponemos, podríamos afirmar que la mayoría de los deportes son actividades, además de físicas y cognitivas, emocionales. Todas las actividades deportivas se encuentran impregnadas de emociones. El deporte es un contexto en el cual, los deportistas a menudo han de motivarse a sí mismas para alcanzar sus objetivos y tolerar las altas cargas de trabajo en sus entrenamientos. A su vez, los deportistas han de enfrentarse continuamente a la presión competitiva, y esto hace que tengan que comprender y regular sus propias emociones y las emociones de los demás (compañeros de equipo, entrenadores, árbitros, adversarios o espectadores, etc.).

Las emociones influyen de una manera decisiva en el rendimiento deportivo y es imprescindible que los deportistas y su entorno sean capaces de mantener la calma.

Fred Slaughter, uno de los muchos jugadores que entrenó el fascinante entrenador de baloncesto John Wooden, conocido también como Coach Wooden o el mago de Westwood, recuerda que en aquellas ocasiones en las que el equipo iba perdiendo de forma alarmante relataba:

“Miraba de reojo a Wooden y ahí estaba él, sentado en el banquillo con su programa enrollado en una mano y totalmente tranquilo, como si pareciera que fuéramos ganando. Y entonces pensaba: “Si este hombre no está preocupado, ¿por qué debería estarlo yo? Vamos a hacer lo que este tío nos ha dicho que hagamos, y punto.”

Manteniendo su control emocional, John Wooden era capaz de trasmitir esa misma sensación a sus propios jugadores.

Recuerdo como hace ya algo más de cuatro años, me encontraba sentado en un coche atravesando las bulliciosas calles de Rio de Janeiro junto al recién proclamado campeón olímpico Cristian Toro, que acababa de ganar la medalla de oro en la modalidad de K2 200m junto al gran Saúl Craviotto. Uno de los comentarios que más me impresionaron fue cuando Cristian me relataba como se había sentido durante el minuto previo a la salida de la final olímpica. Todo estaba en calma. Sus músculos se encontraban relajados. Sabía lo que debía hacer. Su mente no pensaba en nada. Simplemente tenía que reproducir aquello que ya había hecho en numerosas ocasiones en los duros entrenamientos. Era el momento y sólo existía ese momento. Lo que algunos psicólogos denominarían el estado de flujo (Flow). Un estado de rendimiento óptimo. El encuentro con Budha. Llamadlo como queráis. Quien lo ha experimentado, quiere que vuelva a repetirse.

Dos días antes, otro palista de tan sólo 21 años de edad, subía al Olímpo de los dioses del piragüismo. Marcus Cooper Walz lograba imponerse en la final del K1 1000 metros de Rio 2016. Así relataba su experiencia un año más tarde:

Hoy, hace un año… cumplí el sueño más grande de mi vida.
Tras el durísimo día de eliminatoria y semifinal de ayer, solo me quedaba recuperar lo mejor que podía para el día de hoy. Hoy debía hacer la mejor regata de mi vida, no había margen de error, no cabía un solo detalle imperfecto. Es la competición de mayor nivel a la que un deportista puede asistir. No son nervios lo que yo sentía, simplemente ambición por sacar todo, todo lo que había entrenado y no quería pensar en nada más. Pensar demasiado sería darme cuenta de que tendría millones de ojos encima y no solo de mi país, España, sino de todo el mundo, viendo cada detalle de la carrera, juzgando cada movimiento y resultado; pensar demasiado sería darme cuenta de que me juego el esfuerzo de toda mi vida y la bandera de un país entero.
Tras desayunar fuerte, calentar bien y mentalizarme, me coloco en el cepo de salida. No había nada más que un túnel en línea recta. Pensé: “venga, solo tengo que hacer el mejor kilómetro de mi vida, sin pensar en nada más”. Tenía claro mi estrategia. Era arriesgada, pero era lo que había entrenado: salir fuerte, llevar un ritmo medio constante y dejando fuerzas para jugármelo todo en los últimos 200m.
Así lo hice, tenía la mente en blanco durante casi toda la prueba, es mejor así. Me olvidé de mis rivales. No me di cuenta de que iba ganando hasta que crucé la meta. Llegué y no me lo creía, no estaba preparado mentalmente. No sabía ni como celebrarlo.
Todas las cámaras apuntando hacia mi.
Sentí que todo, todo ha valido la pena. Lo único que quería era salir y abrazar a los míos.
Gracias a todos los que me animasteis y felicitasteis. Está claro que no remaba sólo.”

En una entrevista previa a los Juegos Olímpicos de Rio 2016, la palista Maialen Chourraut decía “me gusta la presión, necesito la presión”. Cualquiera que vea una repetición de los instantes previos a la salida de su final olímpica, podrá observar que la cara de Maialen muestra una enorme concentración, pero desde mi punto de vista, no consigo reconocer ningún ápice de preocupación; en cambio, la impresión que me traslada su mirada es que, en casos excepcionales como el suyo, existe un equilibrio entre la presión de jugárselo todo a una carta y la confianza de poder ejecutar con éxito la tarea a la que se enfrenta. Antes de salir, no hay vencedores ni perdedores. Será al final del recorrido cuando se conozca el resultado. Soportar esa presión es esencial. En el caso de Maialen, como ella afirma, se alimenta de esa misma presión que hace que otros se hundan, y afronta el reto con templanza y con confianza.

Es en estos momentos en los que uno se expone a una de las competiciones más importantes de su vida, cuando más ha de controlar y gestionar sus emociones y demostrarse a sí mismo, y a los demás, que es capaz de sacar a relucir su mejor rendimiento sin la interferencia del miedo, la preocupación o los imprevistos. El verdadero campeón es capaz de gestionar estos momentos y disfrutar de su camino a la cima, por muy rocoso y angosto que sea.

Teorías, evidencias y la desesperación de algunos a la hora de definir el significado de una emoción

El escritor irlandés James Joyce decía que cualquier cosa que se diga, cualquier frase dicha, desde un simple comentario aparentemente inocente, hasta un pensamiento filosófico profundo, reúne dos condiciones: la manifestación de un pensamiento y la inevitable expresión de una emoción.

A pesar de que el término “emoción” se emplea frecuentemente en casi todos los ámbitos de la vida, el concepto de emoción y su definición han llevado a investigadores y a filósofos a grandes quebraderos de cabeza. De hecho, algunos han llegado incluso a la desesperada afirmación de que las emociones son aquello que la gente dice que son.

En el año 1884, el psicólogo y filósofo estadounidense William James trató de dar una definición de peso, pero ésta no hizo más que continuar con un debate que sigue abierto más de un siglo después. Tal y como señalan numerosos autores, este concepto es tan amplio que cada investigador se centra en aquellos aspectos de la emoción que son pertinentes a sus investigaciones. Los autores centrados en los aspectos cognitivos la definen en base a los pensamientos, las evaluaciones y las valoraciones; en cambio, aquellos autores más orientados a aspectos fisiológicos la definen en base a la relevancia de los cambios y reacciones fisiológicas que provocan las emociones; por último, los investigadores interesados en los aspectos conductuales, ponen su foco en las características expresivas y motoras de las conductas emocionales.

Uno de los pioneros en estudiar las emociones de forma empírica fue Charles Darwin (¡qué tío!), quién en su obra la expresión de las emociones en el hombre y los animales[1] describió las principales acciones expresivas de las personas, y explicó su origen y su desarrollo. Según Darwin, las emociones surgen debido a que, a lo largo de la evolución humana, han sido adaptativas y nos han ayudado a sobrevivir y a reproducirnos. Desde el punto de vista de la teoría de la evolución por selección natural, una de las teorías más fascinantes de la historia, las emociones motivan a responder rápidamente a estímulos de entorno, lo cual aumenta las probabilidades de supervivencia y de éxito.

El interés de Darwin por las emociones se centró, principalmente, en los procesos de expresión emocional como los gestos, las posturas o las expresiones faciales. Según explica en su obra, la expresión emocional cumple funciones de supervivencia, actúa como señal y como preparación para la acción como un medio de transmisión de información acerca de los hechos que puedan darse de inmediato.

Para muchos pensadores, la influencia que ejercen las emociones sobre el pensamiento tiene un gran peso en las conductas humanas. Estos afirman que los pensamientos influenciados por las emociones empujan a las personas a la acción, o hacen que acepten como válidas acciones de otras personas, conductas a las que se opondrían si no estuvieran bajo la influencia de sus emociones. La noción de que las emociones determinaban las creencias humanas ha sido una constante a lo largo de la humanidad. De hecho, esta percepción fue el punto de partida de los enfoques sobre el bienestar de las filosofías epicúreas y estoicas.

La mayoría de las discusiones filosóficas sobre las relaciones entre la cognición y las emociones concluyen que estas últimas distorsionan el pensamiento racional, hasta el punto de que filósofos como Kant o Young las llegasen a calificar como la enfermedad de la mente o como la alteración del comportamiento y del pensamiento organizado.

Durante las últimas décadas, el término “inteligencia emocional” se ha visto enormemente popularizado y parece haberse introducido con fuerza en ámbitos empresariales, educativos o deportivos, siendo empleado mayoritariamente como algo “que suena bien” pero sin tener mucha idea de lo que significa.

Echemos la vista atrás unos años. Las raíces de la inteligencia emocional las podemos encontrar en los postulados de inteligencia social de Thorndike (1920), los cuales hacían referencia a la capacidad de comprender y dirigir a la gente para que actuasen de forma inteligente en sus relaciones humanas.

Previamente, Binet y Simon (1908) expusieron la idea de que las personas podían hacer uso de sus emociones de una forma inteligente, y distinguían entre inteligencia ideativa (relacionada con el intelecto) e inteligencia instintiva (manifestada por medio de las emociones), pero nunca llegaron a vincular los procesos cognitivos con los procesos emocionales.

La primera mención formal que se hizo de la inteligencia emocional, aparece en el título de un artículo publicado en la revista alemana Praxis der Kinderpsychologie und Kinderpsychiatrie bajo el título Emotionale intelligenz und emanzipation (Inteligencia Emocional y Emancipación) por B. Leuner en 1966. El artículo se centra en una serie de mujeres, las cuáles debido a su, hipotéticamente, baja inteligencia emocional[2] rechazan sus roles sociales.

Otro autor que empleó el termino de inteligencia emocional fue Greenspan (1989), quién analizó el proceso mediante el cual el niño aprende a estructurar lo interno y lo externo. A su vez, este investigador se centró sobre todo en la importancia conjunta de lo intelectual y lo emocional dentro de ese proceso de aprendizaje.

Sin embargo, las raíces más proximales del concepto de inteligencia emocional pueden ser identificadas dentro de la teoría de las inteligencias múltiples de Howard Gardner (1983), y de forma más específica, en los conceptos intra-personales e interpersonales propuestos por dicho autor.

Según Mayer, Salovey y Caruso (2000), el acercamiento más interesante al concepto de IE aparece en el estudio sobre las emociones de Payne (1986), quién empleó por primera vez el término emotional intelligence (inteligencia emocional en inglés).

Payne desarrolló su propio concepto de inteligencia emocional y mostró evidencias sobre la gran represión que las emociones han sufrido a lo largo de la historia en el mundo civilizado, frenando, según él, nuestro propio crecimiento emocional. Este autor proponía que muchos de los problemas de la sociedad actual como la depresión, las adicciones, los conflictos religiosos o la violencia eran el resultado directo de una ignorancia emocional evidente. Señalaba a su vez que el proceso civilizador había sido demasiado duro con nuestro lado emocional negando en muchas ocasiones nuestra verdadera naturaleza. Por otra parte, Payne afirmaba que no ha existido una maldad consciente en este proceso, sino que ha sido una idea histórica equivocada de la emoción la que ha imperado durante mucho tiempo, y la cual ha impedido poder apreciar la importante función que las emociones tienen en nuestras vidas.

A pesar de todos estos acercamientos al término de inteligencia emocional, es unos años después cuando definitivamente los investigadores Salovey y Mayer (1990) definen el concepto y lo presentan tal y como lo conocemos a día de hoy. Posteriormente, el best-seller Inteligencia Emocional de Daniel Goleman (1995) y el subsiguiente artículo publicado en la revista TIME (Gibbs, 1995) catapultaron el término a un público no-académico.

Las emociones en el deporte. Una perspectiva empírica

Las emociones están presentes en todos los aspectos de la vida humana y, a menudo, se ven acentuados e intensificados en el deporte.

Algunos deportistas pueden mostrar signos de ansiedad precompetitiva, mientras que otros pueden sentirse eufóricos. Los hay que sonríen, y los hay que muestran síntomas evidentes de preocupación. Algunos se frustran, faltan el respeto al árbitro y rompen su material (¿Quién se acuerda de John McEnroe?), mientras que otros lloran de tristeza o de alegría. En todas estas conductas, las emociones juegan un papel determinante.

Los deportistas que se enfrentan a una competición con una gran ansiedad pueden hacer que su rendimiento se vea empeorado, así como un deportista con un nivel de euforia o activación excesiva puede tomar decisiones erróneas o poco certeras. El deportista que falta el respeto al árbitro o a un rival puede verse expulsado provocando así un resultado inesperado instantes antes por el propio deportista.

En investigaciones realizadas con marcadores biológicos, sus autores afirman que las emociones se relacionan con una línea de base más baja en la respuesta al cortisol antes de un evento estresante y también, con un menor aumento del ratio baja frecuencia/alta frecuencia (LF/HF) cardíaca durante un evento estresante. Existen evidencias que afirman que los niveles elevados de cortisol se relacionan con un pobre desempeño en tareas atléticas.

Según algunos autores, la inteligencia emocional es la habilidad mental que ayuda al individuo a evaluar los procesos cognitivos, y dentro del contexto deportivo, constituye un conjunto de meta-habilidades presentes en el deportista que le capacitan para extraer información de las situaciones de competición y entrenamiento, de cara a percibir, controlar y emplear dicha información para modificar así su comportamiento en su propio beneficio y maximizando su rendimiento personal.

Los investigadores Laborde, Dosseville y Allen llevaron a cabo en 2015 una revisión sistemática los estudios que relacionaban la inteligencia emocional con el deporte y la actividad física. Los autores identificaron 227 resultados, de los cuales, tras analizar los títulos y los resúmenes, se quedaron con 55 potenciales artículos. Finalmente, tras analizar la totalidad de los estudios, decidieron quedarse con 36 de ellos para realizar la revisión. De estos 36 artículos, 30 hacían referencia a la IE en contextos de rendimiento deportivo. Éstos incluían a deportistas, entrenadores y espectadores. Por ejemplo, los investigadores encontraron tres estudios que relacionaban la IE con las emociones en los días de competición. En una de ellas llevada a cabo con corredores de ultra-fondo, los investigadores observaron que aquellos que informaban de emociones más placenteras durante una competición de 6 etapas mostraban también mayores niveles de inteligencia emocional. De igual manera, en una investigación realizada en Taiwán con atletas, los autores encontraron que aquellos que mostraban niveles más altos de inteligencia emocional también informaban de una menor ansiedad precompetitiva. Más importante aún, en otro estudio, los investigadores encontraron que las emociones del día de la competición están directamente relacionadas con el resultado obtenido en esta.

Asimismo, en un estudio en el que se analizaron seis equipos de la liga nacional de cricket (Sudáfrica), los investigadores hallaron una correlación positiva (r =.69; p<.05) entre el rendimiento deportivo (número de logs) y la puntuación media del equipo en inteligencia emocional, concluyendo así que los jugadores con altas puntuaciones en inteligencia emocional muestran una mayor capacidad para rendir bajo condiciones de alto estrés y son capaces de lograr optimizar sus emociones obteniendo mayor rendimiento durante los partidos. Por último, los investigadores argumentan que los equipos con altas puntuaciones en inteligencia emocional, podrán sobreponerse con mayor facilidad a contrariedades específicas del cricket.

Un estudio analizó la influencia de la inteligencia emocional sobre el rendimiento deportivo de los jugadores en Liga Nacional de Hockey hielo (NHL) de EE.UU. Los resultados mostraron que la inteligencia emocional añade una varianza significativa a las predicciones del número de puntos conseguidos en la NHL. Por otro lado, en otro estudio se exploraron la relación entre la inteligencia emocional y el rendimiento atlético en una muestra de jugadores de béisbol. Los resultados sugieren que los componentes de la IE parecen estar moderadamente relacionados con el rendimiento del lanzador.

En otro trabajo realizado con futbolistas de alto rendimiento los autores argumentan que aquellos jugadores que se ven más expuestos a experimentar emociones negativas presentan menores niveles de bienestar psicológico, sobre todo en futbolistas de menor edad, e invitan a profundizar en el desarrollo de nuevas investigaciones tendientes a considerar la influencia de los factores emocionales y el uso de estrategias de regulación emocional sobre el comportamiento de deportistas de alto rendimiento.

Recientemente, en un estudio se analizó la efectividad de una intervención de cinco meses de duración para mejorar la inteligencia emocional a nivel de rasgo contando con 67 jugadores de rugby. Los resultados mostraron que el entrenamiento de la IE mejoraba parcialmente la IE. Este hecho demuestra que es posible mejorar la inteligencia emocional de rasgo aunque los participantes no muestren una motivación previa para mejorarla.

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[1] La obra de Charles Darwin la expresión de las emociones en el hombre y los animales fue uno de los primeros libros ilustrados con fotografías y el primero en exponer fotografías sobre las emociones. El editor del libro advirtió que una edición tan costosa “causaría un terrible agujero en los beneficios”, pero la obra resultó todo un éxito, superando las 5.000 copias vendidas en su primera edición.

[2] Leuner proponía como tratamiento para paliar ese déficit de IE la administración de la droga alucinógena LSD-25 y sesiones de psicoterapia.

UN VIAJE SIN RETORNO

Comienzo un viaje cuyo destino aún desconozco

Pero, ¿acaso conocía el destino de aquellas rutas 

Tomadas anteriormente?

¿Dónde quedarían mis aventuras? 

¿Dónde quedarían mis experiencias?

Aún partiendo del mismo puerto 

Y llegando al mismo destino

El itinerario siempre ha sido diferente.

A veces conscientemente,

A veces fortuitamente.

Mi querida Fortuna.

Cuantas veces me has alegrado,

Cuantas veces me has fallado.

He disfrutado con los mares en calma.

He crecido tras las tempestades.

He amado y he desamado.

Las huellas de mis viajes 

Están dibujadas en mis manos.

Sutiles y delicadas en su cara superior,

Ásperas y callosas en su cara interior.

Cortes y caricias,

Cartas de dolor y cartas de amor.

A lo largo de los diferentes trayectos

He requerido de ambas caras.

En esencia soy siempre el mismo, 

Aunque hay partes de mi que mueren

Y partes de mi que nacen.

¿Cuales nacerán en éste?

¿Cuales morirán?

Lo desconozco.

No siempre mueren o nacen las deseadas.

Lo prefiero antes de no enfrentarme a lo que venga.

Ya he alzado las velas.

Hay un huracán que me empuja.

Termine en Ítaca o en el fondo del mar,

Mi destino es el propio viaje.

UN VIAJE SIN RETORNO

Cada día nos levantamos con nueva información acerca de la evolución de esta pandemia. Los datos pueden ser alentadores o pueden ser deprimentes. En ambos casos depende de nosotros como respondemos ante estas noticias y las situaciones que puedan derivar de ellas. Según Epícteto, el filósofo que nació esclavo y logró su libertad, el único camino a la felicidad es abandonando todo aquello que se encuentre fuera de nuestra esfera de elección.

Quizás no estemos viviendo un momento idóneo para alcanzar la felicidad, pero sí es un buen momento para evitar la infelicidad. 

Igualmente, nuestras respuestas ante este tipo de situaciones, no solo nos afecta a nosotros, sino que también afecta a todas aquellas personas que tenemos a nuestro alrededor. Más aún cuando en muchos casos, vivimos unas cuantas personas en un espacio reducido y sin poder salir a tomar un respiro.

Nuestros estados de ánimo influirán a los que tenemos al lado y nuestras conductas influirán a los que tenemos al lado.

No podemos controlar los hechos ni las noticias que nos llegan, pero sí podemos controlar como respondemos ante estos hechos y estas noticias. Con disciplina. Con coraje. Viendo esta situación como una oportunidad para crecer y hacernos más fuertes. Protegiendo a los nuestros.

El liderazgo no es un rango, sino la capacidad que tenemos cada uno de responsabilizarnos de nuestra gente.

Gestionando nuestras emociones, nos ayudaremos a nosotros mismos y a los que tenemos cerca.

Esa gestión solo podemos llevarla a cabo nosotros mismos. Con disciplina. Con coraje.