Vuelta al agua – RELATOS DURANTE EL CONFINAMIENTO

*Antes de nada, quisiera advertir al lector de que este relato es ficticio y que simplemente describe una ensoñación y un deseo sobre el día que pueda volver al agua.

Soñando con volver al agua

Enciendo el motor del coche. Le cuesta arrancar. La carrocería se encuentra sucia del polvo de los árboles que rodean el aparcamiento de mi vecindad. El coche ha estado en el mismo lugar desde el inicio del confinamiento y no lo he sacado a pasear ni para hacer la compra. Si en algo fuimos previsores, fue en reservar pedidos a domicilio para varias semanas consecutivas.

Según el pronóstico, va a hacer un día estupendo. Está amaneciendo y aún está fresco. Es un placer bajar la ventanilla y sentir la libertad de conducir con la música a tope. Si no fuera tan comedido, cantaría a grito pelado el Passenger del cabrón de Iggy Pop. El camino que conduce de mi casa al lugar donde guardo mis piraguas es un camino rodeado de bosques a la vera del río. En uno de los puntos del camino, hay un lugar idílico donde hay unos caballos y donde hace un tiempo( vi nadar un ciervo de un lado al otro del rio. Al principio pensaba que se trataba de un perro, pero poco a poco me acerqué a aquel bicho con mi piragua y ¡me di cuenta de que se trataba de un ciervo! Curiosamente mi amigo Koldo, que es productor de cine, me comentó que justamente en ese sitio semanas más tarde iban a rodar una escena muy similar para una película llamada Oreina.

Me lleva algo más de quince minutos llegar. Apenas hay tráfico. Abro la puerta del hangar. Durante el viaje en coche estaba dudando entre coger el surfski y salir al mar para ver la espectacular costa vasca que tanto echaba de menos, o subir rio arriba con mi K1 hasta pasar la curva de los caballos. Me decanto por esta última opción y el surfski lo dejaré para mañana.

Cojo la pala y siento su peso. Me entran ganas de incluso olerla. Siento las empuñaduras con el esparadrapo nuevo que le puse antes del confinamiento. Estoy convencido de que me saldrán ampollas en las manos. Me la suda. No he sentido mi pala en semanas y necesito su contacto con la piel de mis manos.

Coloco dos caballetes fuera del hangar para cuando vuelva del agua y vuelvo para dentro para coger mi piragua y llevarla al embarcadero. Camino descalzo. He dejado mis chancletas en la mochila a propósito. Tengo los pies emblandecidos de andar por el plano suelo de mi casa y necesito sentir el incordio de la gravilla incrustándose en mis pies.

Mientras camino hacia el pantalán me pregunto qué sentiré cuando me monte en ella. Ha pasado más de un mes y no recuerdo haber pasado tanto tiempo sin andar en piragua desde que tenía nueve años.

La coloco suavemente sobre el agua y la miro durante unos segundos. Pongo la pala a su lado y me siento. Doy un pequeño empujón con mi brazo izquierdo y me alejo del embarcadero.

Para haber pasado tanto tiempo sin montar, tampoco me siento tan mal. Pero bueno, ya os lo contaré a la vuelta.

La luz al final del túnel