La vida también es sufrimiento, y está bien compartirlo. – MEDITACIONES DURANTE EL CONFINAMIENTO

Hace unos años, le regalé a un amigo que estaba pasando por una ruptura sentimental un libro que a mí me había ayudado e instruido enormemente en momentos difíciles de mi vida. Se trataba de “Cartas a Luicilio” de del filósofo romano Lucio Anneo Séneca. Un sábado por la mañana semanas más tarde, quería volver a leer algún pasaje de aquel libro y llamé a mi mujer, quien en ese instante se encontraba de compras en el centro de nuestra ciudad, para que me comprase otro ejemplar del mismo libro.

Por la tarde llegó con otro libro y me dijo que había buscado el de Séneca en un par de librerías, pero que no lo tenían. Sin embargo, me había comprado otro de Schopenhauer que se encontraba en la misma sección. Hasta aquel momento apenas me había interesado por este filósofo alemán debido a su reputación de pesimista, atribuida en mi opinión de forma imprecisa y simplista, ahora que he profundizado más en su obra.

Una de sus célebres frases decía que “toda vida es sufrimiento”; y es que, desde la irrupción de las redes sociales en nuestras vidas, parece impensable que hablemos y mostremos nuestro sufrimiento en público.

Cualquiera que entre en las redes sociales de cualquier amigo o personaje público, solamente verá lo bien que se lo están pasando o lo bien que están llevando este confinamiento. En mi caso, también peco de ello y muchos podrían pensar al ver mis publicaciones: “mira que bien se lo pasa haciendo mermeladas y platos caseros”, o, “…siempre se quejaba de que pasaba mucho tiempo fuera de casa, pues mira que feliz se le ve ahora haciendo ejercicio con sus niños”, o “ya, ya, no tiene tiempo para responder a mi mensaje, pero mira que tranquilo se le ve escribiendo chorradas en un cuaderno”, o pensamientos similares. Y no les culpo por ello, porque es cierto. Intento aprovechar esta situación para jugar, aprender, cocinar, etc. Y es que, como decía el propio Schopenhauer, “los hombres vulgares sólo piensan en cómo pasar el tiempo. Un hombre inteligente procura aprovecharlo”.

Sin embargo, no es oro todo lo que reluce, y tal y como dice Daniel Kahneman, el reputado psicólogo y premio Nobel de economía, en nuestras mentes solo existe lo que vemos, y es que cuando uno muestra solamente los momentos álgidos de su día, la mayoría tendemos a pensar que el resto de su día lo ha pasado de igual manera, sin ser conscientes de que probablemente haya tenido otros momentos de mierda en su día. El problema es que no los muestra. Y todos pecamos de ello. Incluso las revistas científicas publican muchísimos más estudios cuyos resultados han sido positivos que cuando no han concluido en nada revelador, dificultando así el avance científico y permitiendo que muchos investigadores lleguen al mismo callejón sin salida al que han llegado otros antes.

Pues bien, me sinceraré con vosotros y os contaré que aparte de cocinar unas pencas rebozadas con jamón y queso (receta aprendida de mi abuela paterna), hacer arroz con leche empleando hojas de laurel para enriquecer el sabor (técnica aprendida de mi abuela materna), hacer mermeladas con las naranjas de nuestros propios naranjos, o pintar con acuarela con mis hijos mientras escuchamos mis viejos vinilos de David Bowie o The Smiths, también hay momentos difíciles que merecen la pena compartir para dar algo de perspectiva a la aparente felicidad que vemos en las redes sociales, donde todo el mundo es guapísimo y se cuidan un montón, y nunca les toca enterrar a nadie ni llorar por nadie.

Hace exactamente un año que falleció una de las personas más importantes de mi vida en Alemania. Acaba de llegar la fecha de aquél fatídico aniversario y por motivos evidentes, no he podido acompañar en persona a la gente que más le quería. Si a esta situación le añadimos la situación de confinamiento y constante incertidumbre que vivimos todos, el sentimiento resulta aún más doloroso. Por otro lado, aún pudiendo trabajar en algo que me apasiona desde casa, hacerlo en la habitación contigua a una en la que mis tres hijos menores de 7 años se están zurrando, mientras intentamos mantener el barco del piragüismo nacional a flote, tampoco resulta fácil. Si a ello le añadimos la ansiedad que percibo constantemente de personas con las que trato, más el sufrimiento que siento por familiares o amigos que trabajan en el sector sanitario, o parejas en cuyos casos los dos han perdido el trabajo o se encuentran en situación de ERTE, mis ánimos, por mucha inteligencia emocional y filosofía estoica que haya estudiado, a menudo se encuentran por lo suelos. 

De hecho, las cosas que me mantienen motivado y anclado en el presente, son aquellas como escribir este artículo, cocinar, jugar con mis hijos, hacer ejercicio, mirar por la ventana o charlar con mi mujer. Pero, hay momentos en los que la vida también es una puta mierda. Y está bien compartirlo.