Hábitos de vida moderna

Según un estudio publicado en la prestigiosa revista científica The Lancet sobre la obesidad y el sobrepeso en niños y adultos, el 23.8% de los niños y el 22.6% de las niñas de los países desarrollados tienen sobrepeso o son obesos.

Las razones son varias pero, según algunos investigadores, las más importantes son una mala dieta y la falta de actividad física.

Si analizamos de donde venimos y donde estamos, nos damos cuenta de que la actividad física ya no resulta necesaria para nuestra subsistencia y que la relación entre lo que comemos y lo que nos costaba obtener ese alimento se ha distorsionado tanto que nos ha alejado completamente de lo que sería un contexto natural para nuestra especie. Nuestra evolución genética no ha tenido el tiempo suficiente para adaptarse a los increíbles cambios culturales que hemos tenido durante nuestra reciente historia -¿qué son 10.000 años para una especie de más de 2.5 millones de años?- y este desequilibrio nos ha llevado a un escenario en el cual aparecen la obesidad, los problemas coronarios y los desajustes relacionados con la insulinoresistencia, por nombrar algunos.

Es decir, que cuando se originó nuestro genoma mediante los mecanismos darwinianos (evolución por selección natural), la demanda de actividad física diaria era muy alta y nuestra fisiología y nuestra bioquímica se diseñó para funcionar de manera óptima en esas condiciones. En cambio, debido al estilo de vida sedentario actual, el cual no tiene precedente alguno en nuestra historia, cada vez nos encontramos con más problemas de salud los cuales se podrían curar -o al menos mejorar- con una dieta y un estilo de vida más acorde con lo que somos: hombres y mujeres de la Edad de Piedra que nos movemos en coche, pasamos horas sentados frente al ordenador y comemos alimentos que sobrepasan nuestros requerimientos calóricos del día.

Personalmente, lo que más me preocupa son los niños y la cultura que están heredando de nosotros. No parecemos ser conscientes de la necesidad que los niños y los jóvenes tienen de realizar ejercicios  de fuerza, aeróbicos, anaeróbicos y otras actividades vigorosas para su  adecuado desarrollo físico y psicológico.

Es increíble observar, tal y como ocurre con muchos otros aspectos de la vida moderna -o post-moderna según la queramos llamas-, como nos hemos alejado tanto de aquello que es natural para nuestra especie y que podría dotar a nuestros niños de una vida más saludable y enriquecedora de experiencias.

Según postulan algunos antropólogos, los niños del paleolítico, con los cuales nuestros niños comparten prácticamente el mismo genotipo, copiaban todo aquello que hacían los mayores: jugar a ser cazadores, caminar para recolectar, correr y esprintar tras un animal imaginario, saltar desde un árbol, levantar y lanzar piedras, construir cabañas, abrir nueces, peleas amistosas, jugar con barro, etc.

De hecho, no hace tanto que se jugaba de esa forma.

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Lecciones de Anthony Hopkins 

Hace un par de meses, durante un vuelo a Düsseldorf, leí una entrevista que le hicieron al actor Anthony Hopkins en la revista Lufthansa Magazin. Me gustó lo que iba leyendo, así que, saqué mi cuaderno e hice algunas anotaciones referentes a tres aspectos que me resultan fundamentales para un líder*: la motivación, el respeto hacia los demás y el disfrute del proceso hacia nuestros objetivos.
Acerca de la motivación, el periodista le preguntaba a Hopkins si los actores debían estar siempre motivados, a lo que éste respondió que sí; que era una parte esencial para dicha profesión. Aseguraba además, que si no lo estaban, se volvían complacientes y que esto afectaba a su trabajo negativamente.

“Los actores motivados quieren alcanzar cosas grandes. Yo aún quiero alcanzar cosas grandes”.

 Hopkins pronto cumplirá los 80 años.

En cuanto al respeto a los demás miembros de tu equipo, en un momento de la entrevista, habla acerca de los actores y actrices que se creen estrellas y se comportan como unos engreídos. Cuando eso ocurre Hopkins comenta que se queda observando a la persona durante un rato y después le dice lo que piensa, preguntándoles si les gustaría ser tratados de igual manera.

“Y no sólo se trata de actores, sino de todo el equipo, camareros, conductores, técnicos de luz, todos. Todo el mundo se merece ser tratado decentemente”.

Por último, la tercera anotación que realicé trataba acerca de saber disfrutar de cada momento:

“Hoy en día cada minuto del día está estructurado, así que es aún más importante disfrutar de la vida, tomarse un respiro y mirar a tu alrededor.”

Mantener siempre la motivación, tratar a todos por igual y con el mismo respeto, y disfrutar del proceso. Tres lecciones que aprendí de un fabuloso actor cuando podría haber echado una cabezadita en el avión.


(Foto: Lufthansa Magazin. Jeff Mitchum galleries)

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* Cuando utilizo la palabra “líder”, hago referencia a todo aquel que de responsabiliza de los suyos. Puede ser una madre, un padre, una entrenadora, un maestro, un barrendero o una jefa de recursos humanos.

Seguir o volver

A menudo, nuestros objetivos son tan esquivos como el horizonte cuando nos encontramos en la mar. Cada vez que nos acercamos, parece alejarse.

A veces, por miedo a no llegar a él, nos damos media vuelta y volvemos a tierra firme. Desde ahí volvemos a divisar de nuevo nuestras metas. A lo lejos.

 Pensamos y reflexionamos acerca de las opciones que tenemos de llegar a él y nos damos cuenta de que no podemos plantearnos ser objetivos.

Si lo hiciéramos, ni se nos ocurriría volver a intentarlo.

 Los hay que deciden intentarlo una vez más, pero, a medio camino deciden volver. Y los hay que deciden tirar hacia delante a sabiendas de cuales pueden ser las consecuencias. Como decía el escritor checo Frank Kafka, a partir de cierto punto en adelante no hay regreso. Es el punto que hay que alcanzar.

 

Las rocas del camino

Hay situaciones en la vida que uno no puede predecir. Hechos que por muy improbables que parezcan, ocurren sin previo aviso.

Nada podemos hacer para impedirlas una vez han sucedido.

La diferencia reside en la actitud de uno para hacerles frente. Séneca decía que no hay nadie menos afortunado que el hombre a quien la adversidad olvida, pues no tiene oportunidad de ponerse a prueba.

El golpe ya te ha sido dado. La roca no te ha permitido pasar. No obstante, aprovecha cada golpe y cada obstáculo como una oportunidad para poner a prueba tu fortaleza mental, tu autocontrol y tu capacidad para tomar decisiones en momentos difíciles.

 

Fallar para mejorar.

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Santiago Ramón y Cajal, premio Nobel de medicina en 1906, decía  que lo peor no es cometer un error, sino tratar de justificarlo. 

Cuando justificamos un error, significa que no estamos aceptando nuestra responsabilidad acerca de lo ocurrido, y por lo tanto, no estamos predispuestos para aprender de dicho error.

Si cometemos un error, siempre que sea pequeño y reversible (obviamente no es lo mismo saltar al agua desde 3m y caer de pecho que caer de igual manera desde 35m), deberíamos reflexionar y extraer conclusiones objetivas para que la próxima vez no volvamos a fallar.  Y si volvemos a fallar, probablemente nos encontremos más cerca de la solución. Ese es el proceso de ensayo-error. Probar, fallar, mejorar.

Cada error que cometemos nos da información de aquello que no funciona y nos coloca cada vez más cerca de nuestro objetivo.

Cada intento adquiere un mayor valor. Es así como sofisticamos nuestra toma de decisión, y en última instancia damos con la clave.

Steve Jobs, el creador de Apple, decía que, a veces, cuando se innova, se cometen errores. Es mejor admitirlos rápidamente, y seguir adelante con la mejora de tus otras innovaciones.

Ensayar, fallar, aceptarlo, volver a intentarlo. Es ahí donde radica el aprendizaje, la innovación y la mejora.

La fuerza de la manada.

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Phil Jackson, el legendario entrenador de baloncesto, decía de Michael Jordan que durante sus 6 primeras temporadas en la NBA fue con diferencia el mejor jugador, pero, sin embargo, no logró ganar ningún título. En su libro Canastas sagradas Jackson contaba que “un gran jugador por sí solo puede triunfar hasta cierto punto pero si su uno-contra-uno no está sincronizado con todos los demás, el equipo nunca alcanzará la armonía necesaria para ganar un campeonato”.

Por mucho talento que tenga un deportista, si no cuenta con un equipo unido, coordinado y en armonía, difícilmente podrá mostrar todo su potencial.

Según cuenta Steven Pressfield en el libro “La batalla de Termopilas“, la fuerza de los espartanos no provenía de lo afiladas que estaban sus lanzas sino de la importancia que tenían sus escudos. De hecho, se les perdonaba si perdían la coraza o el casco, pero si perdían el escudo, junto a él también perdían sus derechos como ciudadanos de Esparta. Estos guerreros tenían un lema que decía: “vuelve con el escudo o encima de él”.
El motivo era que cada uno llevaba su coraza y su casco para su propia protección, mientras que el escudo servía para proteger a los demás. 

La fuerza del espartano residía en su batallón.

La fuerza del lobo es la manada.

La fuerza del jugador es su equipo.

A solas podemos ser excelentes. En equipo, podremos ser los mejores.